
Judith Ramos recoge, en lo más alto de las placas de concreto, la cadena de su hermano. Aún conserva, entre el polvo y el olor ácido que propaga la brisa, un leve perfume que identifica como suyo. Dice que no se la quitaba nunca, mientras la guarda junto al morral que le regaló y los libros que recuperó de los escombros en una bolsita.
Sentada en lo que pudo ser el techo del apartamento, rememora la rutina de Israel. Estaba a punto de cumplir 35 años, llegaba del trabajo a las 5:00 p. m., aunque su último delivery en Farmatodo lo atrasó el 24 de junio. Subía a su departamento, se bañaba e iba religiosamente a las 6:00 p. m. al gimnasio. A unos metros, identifica unos zapatos blancos como los que usaba para entrenar entre la tierra. Hace un dibujo mental y señala a los rescatistas voluntarios que el lugar donde están buscando es la cocina, pero tal vez su cuerpo esté en el baño o pasillo.
Judith es bombera. Dejó de trabajar porque se dedicó, durante los últimos 44 días, a intentar encontrar el cuerpo de su hermano. Se dividió las guardias en los escombros con su mamá para que alguien cuidara de sus dos hijos. La primera máquina que llevaron a la zona no fue tan efectiva como la segunda, que en solo tres días logró acceder a parte de la estructura del piso 4 de una de las tres torres de la Opppe 33, construidas entre 2011 y 2013, en el sector Caribe.
Israel no tuvo la misma suerte que parte de su familia. Judith llegó el 25 de junio a la zona y empezó a llamarlo. Fuerte. Estaba amaneciendo y lo único que escuchaba eran desgarradores gritos en las residencias que la rodeaban. “Cuando llegué, en el edificio de al lado, mi prima estaba viva, pero tenía una columna en la cabeza. No teníamos con qué trabajar ni para hacer cortes. La sacaron muerta; a su novio, vivo. A mi tía la sacaron más rápido que a mi hermano, aunque era más difícil, porque llegó una youtuber e hizo un video”.
—¿Cómo son las noches en La Guaira?
—Tristes. Vacías. Con miedo. A todos nos cambió la vida en un minuto.
Una luz que se mantiene
Cuando anochece en La Guaira, las temperaturas bajan, el ritmo del trabajo disminuye y el sonido de la maquinaria pesada desgarrando el concreto desaparece por momentos. En los campamentos hay unos minutos de silencio y la presencia de funcionarios es casi nula. La aparente tranquilidad es reemplazada por el motor de algunas plantas, los picos y palas de quienes siguen buscando, en su mayoría civiles voluntarios, que empiezan a cavar túneles donde no se profundizó lo suficiente.
Judith está insolada, cansada, pero también esperanzada. Desea darle la cristiana sepultura a su hermano. Ve cómo, entre cabillas, anime y escombros, un grupo de jóvenes empieza a excavar bajo una placa, identificada con la posible ubicación. Suben un trozo de concreto, que sirve como “junte”, por si colapsa el resto. Mientras unos abren un espacio para ingresar, otros “palean” los escombros sobre la zona para disminuir el peso.

