viernes, enero 9

Venezuela: El ADN de una potencia occidental

Al cierre del 2025, la mirada de los venezolanos se debate entre la angustia, el miedo y la supervivencia diaria. Los ciudadanos están atentos a las propuestas de reconstrucción de la economía y con la expectativa de ver la recuperación de la calidad de vida.

Hoy, ante un gobierno interino y la promesa de rescatar nuestra industria, resurge la memoria de un país ligado a los valores de Occidente.
Nuestra historia de modernidad y alianzas estratégicas demuestra que el bienestar real no nace de afinidades ideológicas, sino de la libertad y el conocimiento de vanguardia.

Más allá de los titulares de la prensa internacional que analizan las actuales tensiones diplomáticas, existe una historia profunda que nos une a Occidente, una visión de desarrollo que convirtió a Venezuela en el corazón latente del progreso de América Latina.

Uno de los ejemplos más elocuentes de lo que una cooperación internacional sana puede lograr fue la creación de Ciudad Guayana. Dicha obra no se trató de una experiencia urbana desordenada cualquiera, sino de la primera ciudad planificada del país, nacida de una alianza estratégica con el Instituto de Tecnología de Massachusetts (MIT) y la Universidad de Harvard de Estados Unidos.

Aquel modelo de cooperación trajo a Venezuela no solo capital, también la mejor metodología de urbanismo industrial del mundo. Fue una relación basada en el respeto técnico, donde ingenieros venezolanos y expertos estadounidenses del Instituto de Tecnología de Massachusetts trabajaron hombro a hombro y diseñaron un polo de desarrollo que integraba la energía del Guri con la producción de acero. Tal visión de país moderno fue posible gracias a una economía fuerte y libre que entendía que el conocimiento de vanguardia era la llave del bienestar general del país.

Hubo un tiempo en que el paisaje venezolano se transformó gracias a una visión compartida con Occidente. De la mano de las grandes corporaciones nacieron pueblos en el Zulia y del oriente del país que parecían traídos del futuro, con un orden y unos servicios que fueron envidia del continente. No había solo taladros y balancines, eran la semilla de la modernidad que caló hondo en nuestro ADN.

Esta huella de avanzada dio vida a los modernos urbanismos petroleros del Zulia, como los que existían en Cabimas, Ciudad Ojeda, Lagunillas Bachaquero, Mene Grande, La Concepción y Campo Mara, además de complejos similares en el oriente del país. No obstante, ese ADN de progreso se enfrenta hoy a un espejo empañado por el abandono. Comunidades que se caracterizaban por un orden vigoroso y servicios de primer mundo, hoy están sumidos en la maleza y la miseria, como ciudades fantasma que llegaron a existir en algún momento.

La inversión extranjera no solo extraía crudo, además estableció una cultura de mantenimiento preventivo, estándares de seguridad internacional y una formación técnica masiva que modernizó la base laboral del territorio. Incluso nuestra pasión nacional, el béisbol, es herencia de esa convivencia con Estados Unidos, mientras el resto del continente miraba hacía el fútbol europeo. Venezuela adoptó el “pasatiempo nacional” estadounidense, convirtiéndolo en parte de su ADN. De este modo, la conexión cultural es el reflejo de una sociedad que siempre miró hacia el progreso y la libertad del modelo occidental.

Durante décadas la estabilidad institucional fue un imán para que millones de personas que buscaban dignidad y futuro lo encontraron en Venezuela. El país no expulsaba a la gente, por el contrario era el refugio predilecto del mundo. Españoles, portugueses e italianos llegaron para fundar industrias y comercios atraídos por un plan que se apoyaba en una moneda robusta (el bolívar) y de respeto, y el trabajo garantizaba la movilidad social. Venezuela fue el hogar de millones de colombianos que huían de la inestabilidad y la violencia. Nuestra democracia era consolidada y la economía tan vibrante y vigorosa que servía de ejemplo para todo el continente.

Históricamente, la relación de Estados Unidos y Europa se basó en la inversión extranjera directa, dejando a su paso infraestructura, formación técnica masiva y transferencia de tecnología. Era un modelo que construía capacidad instalada en suelo venezolano.

En contraste, los vínculos actuales con potencias como China, Rusia o Irán y la alineación con modelos rígidos como el de Corea del Norte, se perciben más como acuerdos de afinidad ideológica. En tales relaciones falta el hilo conductor cultural y humano que sí compartimos con el mundo occidental.

Pese a ello, al inicio de 2026, Venezuela es sacudida por lo que puede ser el quiebre definitivo. Los acontecimientos del pasado 3 de enero marcaron el colapso abrupto de un modelo que intentó extirpar el ADN Occidental de nuestra nación. Con un gobierno interino en funciones y el anuncio de la administración de Donald Trump sobre la participación de empresas estadounidenses en la reconstrucción de nuestra industria petrolera, el país entra en una etapa de profunda incertidumbre y esperanza en medio de una transición.

Venezuela vuelve a estar en el centro del tablero del ajedrez mundial. Nuestro pasado demuestra que el progreso real no nace de ideologías que agotan los recursos. El destino del país sigue ligado a los valores de Occidente, aunque el camino actual sea el más complejo de nuestra historia republicana.

Por: Ángel Montiel
@angelmontielp
angelmontielp@gmail.com