Venezuela transita por un cambio marcado por la contradicción. Mientras Venezuela celebra el regreso de la inversión extranjera, el colapso de los servicios básicos amenazan con convertir el nuevo boom petrolero en un espejismo. No habrá recuperación económica real si el petróleo fluye hacia fuera mientras el país sigue a oscuras.
Vemos como los titulares de la prensa internacional celebran el regreso de los gigantes petroleros, y el gobierno provisional agita la bandera de la nueva Ley de Hidrocarburos como un bálsamo milagroso, en tanto, en las calles de Maracaibo, Ciudad Ojeda y Lagunillas la realidad dicta otra sentencia. El país intenta correr hacia el futuro con una industria de exportación competitiva, pero con una estructura eléctrica y de aguas que parece haber retrocedido al siglo XIX. No se puede sostener un renacer petrolero sobre un mapa de ciudades a oscuras.
El giro político y la reapertura del mercado impulsan un mundo de expectativas que los analistas de Washington y Caracas nutren con cifras de inversión. La ley que permite el 100 por ciento de capital privado lo que representa un movimiento audaz, pero choca con una realidad física infranqueable, la energía, antes que un producto de exportación es el insumo básico de la vida. Aquí surge una paradoja dolorosa, ¿de qué sirve producir 1.4 millones de barriles diarios de petróleo sí las ciudades que extraen este recurso sufren un racionamiento perpetuo?.
Los apagones y las fluctuaciones no representan una simple molestia, actúan como un freno de la recuperación económica.
Por otro lado, la falta de agua hiere la dignidad del ciudadano más que cualquier otra carencia. Mientras las operadoras petroleras discuten en hoteles de lujo el derecho a la “comercialización directa” del crudo, el venezolano pierde el derecho humano más elemental en su propia casa el tener agua para subsistir. La desidia y la falta de mantenimiento acabaron con la red de acueductos hasta convertirlos en terrenos secos e inútiles por la falta de agua. El país no experimentará ningún “renacer petrolero” genuino mientras el líquido más valioso que circula por las venas de la nación no sea petróleo, sino el agua potable que millones de familias esperan cada madrugada.
Esta crisis no es un fenómeno meteorológico ni un castigo divino, es el resultado de desviar la riqueza del subsuelo al bienestar de los venezolanos. Durante décadas, el Estado utilizó la renta petrolera para alimentar una burocracia ineficiente mientras las centrales eléctricas y las estaciones de bombeo se paralizaban por falta de repuestos básicos.
Hoy, el nuevo esquema de inversión privada promete eficiencia, pero se enfrenta a un sistema colapsado que no aguanta un vatio más de demanda. Si las nuevas operadoras inyectan energía al mercado mundial pero no ayudan a estabilizar la red nacional, solo estarán construyendo castillos de naipes de cristal en medio de un desierto desolado.
Las trasnacionales no deben ignorar por más tiempo el riesgo humano y logístico que implica operar en un país donde la luz se ha convertido en un lujo. Para exportar energía en forma sostenible, el Estado y sus nuevos socios deben primero, y por encima de todo, encender la luz del país.
La historia de Venezuela está llena de “booms” que terminaron en caídas estrepitosas porque olvidamos lo esencial. No podemos permitir que este renacer sea una repetición de la Venezuela Saudita de los años 70, donde el brillo del dinero ocultaba las grietas de una sociedad desigual.
Este nuevo modelo no debe crear una isla de prosperidad en medio de un mar de apagones y fluctuaciones eléctricas. La arquitectura legal nacerá incompleta si no garantiza el rescate, con urgencia, del Sistema Eléctrico Nacional. Las transnacionales no pueden ignorar por más tiempo el riesgo de operar en una nación donde la luz se ha convertido en un lujo.
Si este nuevo boom petrolero no viene acompañado de una solución definitiva a los apagones, las fluctuaciones eléctricas y la sequía inducida, el petróleo volverá a ser lo que ha sido durante un siglo: una bendición para pocos y un espejismo amargo para el resto de los venezolanos que ven pasar la riqueza desde la penumbra de sus ventanas.
Por: Ángel Montiel
@angelmontielp / angelmontielp@gmail.com

