El Zulia esconde un secreto que la gaita no puede contar. Existen melodías tan poderosas que no solo se escuchan, son cadencias vivas que penetran el cuerpo, el alma y el espíritu hasta despertar el eco de una época ya olvidada. Es el latido de la danza y la contradanza zuliana, dos gigantes culturales que hoy luchan por recuperar el espacio que una vez obstentaron, con orgullo, en cada plazoleta de la región.
Estos ritmos tradicionales no son simples piezas de museos. La danza y la contradanza se presentan como una rebelión cultural viva que fusiona la elegancia de las cortes europeas del siglo XIX con el ímpetu, la energía y el mestizaje del Caribe americano.
El compás de estos ritmos actúa como una máquina del tiempo. Cada acorde evoca con fuerza aquellas épocas pasadas de esplendor, donde la música y el baile propio reclamaban un espacio bien ganado en las plazoletas de cualquier región del Zulia.
La historia documenta una transformación radical del movimiento. El Zulia recibió las contradanzas europeas a través de los puertos del Lago de Maracaibo y, de inmediato, los músicos locales inyectaron velocidad al compas original para romper la rigidez de las estructuras extranjeras.
Los defensores de la tradición cultural zuliana lanzan un alerta clara. La falta de difusión masiva y el avance de las tendencias globales amenazan con desplazar definitivamente estas joyas musicales del imaginario de las nuevas generaciones. Agrupaciones comunitarias y escuelas de danzas locales sostienen este legado con recuerdos mínimos. Su esfuerzo diario demuestra que esta música y estos bailes no pertenecen al pasado, sino que constituyen el núcleo de la resistencia cultural marabina. Salvar la danza y la contradanza requiere la acción inmediata, que vaya mas allá de los aplausos. El Zulia necesita políticas culturales agresivas que devuelvan estos ritmos a las plazas públicas y consoliden su ejecución como un orgullo permanente de la región.
La identidad de una región se marchita si sus sonidos se apagan. Devolver la danza y la contradanza a sus espacios naturales no es un capricho nostálgico, sino un acto de estricta justicia con nuestra propia memoria histórica. El desafío actual radica en abrir los espacios públicos para que las nuevas generaciones descubran la majestuosidad de melodías antiguas.
Cuando los violines y clarinetes resuenen otra vez en cada esquina, el Zulia dejará de esconder su secreto mejor guardado. Estas hermosas melodías volverán a penetrar el cuerpo, el alma y el espíritu de su gente, inundando las plazoletas y espacios culturales con el ritmo eterno que siempre nos ha pertenecido.
Por: Ángel Montiel
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