El Zulia guarda un secreto que las nuevas generaciones apenas comienzan a ver. La danza y la contradanza no son reliquias empolvadas en los anaqueles de una biblioteca. Representan una rebelión cultural viva, que desafía, con cada compás, el manto de olvido que intenta cubrir nuestra memoria. Tras explorar el origen de estos ritmos y señalar la vigencia de su rescate, el panorama actual nos impone una decisión impostergable.
¿Seguiremos permitiendo que nuestra identidad se desvanezca por la inacción oficial? La cultura popular no puede sostenerse únicamente sobre el heroísmo solitario de sus cultores, quienes luchan contra la corriente. Necesitamos hechos concretos, no promesas vacías que el viento de la desidia dispersa con facilidad. El abandono de los espacios culturales es, en esencia, una forma de mutilar nuestra propia historia. El Estado requiere una política agresiva que garantice escenarios permanentes para la ejecución de estos géneros.
No basta con el aplauso efímero de un evento aislado. Las plazas públicas deben recuperar su función original como el hogar natural del arte zuliano. La educación básica tiene la obligación ineludible de incluir la formación de nuestras danzas tradicionales desde la infancia. Los niños deben aprender la danza antes que el ritmo foráneo los absorba por completo.
No hablo de simple nostalgia, esa que mira hacia tras con tristeza y parálisis. Hablo de dignidad, de memoria y de estricta justicia histórica. Cada vez que un violín ejecuta una contradanza recuperamos un fragmento de nuestra esencia que el tiempo intentó sepultar bajo el peso de la modernidad mal entendida. Reivindicar estos ritmos es, en definitiva, un acto de soberanía sobre nuestro propio espíritu.
La resistencia cultural exige coherencia y compromiso. Los espacios de nuestra ciudad no pueden estar sumidos en el silencio institucional que termina apagando el sonido mas genuino de nuestra tierra. La falta de difusión masiva y el avance de tendencias globales actúan como una amenaza constante que debemos frenar con determinación. Tenemos los talentos y tenemos la historia, solo nos falta la voluntad política para devolverle al Zulia el orgullo de su hermosa tradición.
El desafío está puesto sobre la mesa. No podemos esperar que las instituciones despierten de su letargo para tomar las riendas de nuestra identidad. La responsabilidad recae, en primer lugar, en quienes amamos nuestra cultura y nos negamos a desaparecer. Yo apuesto formalmente por esta resistencia. Apuesto por ver las plazoletas y esquinas llenas otra vez de ese compás elegante y veloz que siempre nos ha pertenecido.
Es el momento de alzar la voz por lo que somos. Debemos exigir que el violín, el clarinete y el tambor vuelvan a sonar con fuerza en cada rincón zuliano. Es hora de que el Zulia deje de esconder, bajo el peso de la indiferencia, su mejor secreto.
Por Ángel Montiel

