martes, septiembre 8

La hora de Washington

Washington ya tomó una decisión irreversible. El estamento de poder estadounidense, desde los republicanos hasta los demócratas, comparten una certeza absoluta: con los intereses de Estados Unidos no se juega. La Casa Blanca no aceptará bajo ninguna circunstancia, un próximo mandatario venezolano que intente replicar el modelo antinorteamericano de Hugo Chávez y Nicolás Maduro.

El tablero político exige un aliado incondicional en Miraflores. Llámese María Corina Machado o cualquier figura de la oposición, la próxima presidencia de Venezuela tendrá que alinearse por completo con los intereses de Washington en suelo venezolano. Los años de turbulencia bilateral dejaron lecciones profundas y no hay margen para nuevos experimentos.

En este escenario, figuras del oficialismo carecen de autonomía real. Delcy Rodríguez opera hoy como un títere en toda la extensión de la palabra. El poder norteamericano la mantiene vigilada y sin capacidad de maniobra. Washington neutralizó sus movimientos mucho antes de cualquier transición formal.

El liderazgo estadounidense también aprendió de sus propios errores. Donald Trump y el aparato de seguridad norteamericano tienen claro que la estrategia utilizada con Juan Guaidó falló por falta de cálculo. El establishment político asimiló el golpe y juró no volver a equivocarse jamás. La improvisación quedó fuera de agenda para el hemisferio.

El próximo movimiento estratégico ya se vislumbra en el horizonte. Bajo la justificación del combate frontal a las rutas del narcotráfico internacional, la diplomacia estadounidense buscará asegurarse su presencia permanente en la región. La instalación de una base militar en suelo venezolano asoma como la jugada definitiva para garantizar la seguridad de sus inversiones y consolidar el control geopolítico absoluto en el Caribe y Suramérica.

La seguridad hemisférica se concibe hoy bajo la óptica estrictamente unidireccional. La Casa Blanca entiende que cualquier vacilación cede espacios vitales a competidores globales. Por ello, la subordinación de la política exterior venezolana no es una opción negociable, sino un requisito indispensable para la estabilidad regional en el programa del Pentágono. El mensaje de la superpotencia es claro y categórico. Las bases están sentadas, las decisiones aprendidas y los límites trazados.

Los centros de poder en Moscú, Pekín, Teherán y la Habana perdieron influencia real sobre el destino político de Venezuela. El futuro venezolano se administra bajo el mandato directo de Washington. La cuenta regresiva terminó: llegó, de forma definitiva, la hora de Washington.

Por Ángel Montiel