Ese día nadie se quedó en su casa y todo el pueblo se sumió en el más absoluto silencio para rendirles honores al inmigrante extranjero más querido en Los Puertos de Altagracia, quien con sus mágicas manos y sabiduría médica supo darle vida a todo un poblado del Zulia en Venezuela.
La gente se volcó a las calles para seguir el féretro del médico más querido del pueblo desde su casa de La Estacada hasta el cementerio. Las campanas de la iglesia doblaron de pesar, sonaron con un tañido apagado. Las mujeres llevaban un riguroso luto, sus cabellos eran cubiertos con mantillas negras y sus llorosos ojos evidenciaban el cariño y gran respeto por quien en algún momento de sus vidas las atendió en sus partos o padecimientos.
Muchos vinieron de lejanos caseríos para acompañar el último adiós al doctor Edward Gabriel, popularmente conocido en toda la comarca como “el doctorcito” o “el negrito de La Estacada”.
El día de su muerte quedó registrado un 28 de julio de 1965, una fecha de dolor para todos en Los Puertos de Altagracia en el municipio Miranda porque habían perdido a uno de los suyos, un hombre noble, sabio y sobre todo muy amable. Un verdadero “puertero” a quien solo le faltó nacer en el poblado y hablar perfecto español.
Había fallecido el doctor Edward Gabriel, pero también había nacido su leyenda, el reconocimiento a una gran figura popular.
El doctor Gabriel fue un inmigrante que llegó de la isla inglesa de Santa Lucía en pleno boom petrolero por el año 1922 con su equipaje lleno de sueños. Y aunque partió de Trinidad Tobago, país frente a la costa oriental venezolana, nadie se explica cómo pudo irse a vivir al otro extremo del país, al oeste, en el estado Zulia.
La doctora Eligia Chirino, nativa de Los Puertos de Altagracia, lo conoció cuando era una niña. Relata que como “El Negrito” se estableció en el vecindario de La Estacada y recibió ese apodo completo de “El Negrito de La Estacada”.
Conocedor de la medicina, y sin que se tenga la certeza de que era galeno, se estableció en el pueblo atendiendo parturientas como todo un perfecto médico obstetra y era muy asertivo en los diagnósticos.
Las anécdotas cuentan que el doctor Gabriel solo con sus manos prodigiosas y tras palpar el vientre de la parturienta, descubría el sexo del niño y acertaba hasta en el día del parto ante el asombro de las familias. En ese tiempo no había ecogramas, ni estudios de laboratorio y saber cuando la mujer iba a dar a luz, era una gran ventaja para todos, desde la madre hasta el médico, así que siempre lo buscaban.
De esa manera atendió a incontables hijos de familia, de allí que fue un factor importante para darle precisamente vida a todo un pueblo.
Recuerda la doctora Chirino que cuando “El Negrito de La Estacada” veía que la situación del parto se complicaba en esa época tan difícil y de tanta precariedad aconsejaba trasladar los pacientes a Maracaibo, un tránsito difícil porque había que hacerlo en barco, en las célebres piraguas y atravesar el Lago de Maracaibo.
Eran tiempos complicados en esos caseríos de pescadores y de pequeños agricultores del estado Zulia.
Muy cerca del poblado en La Estacada, en la última casa, estableció su hogar y un pequeño consultorio donde comenzó su actividad como partero, pero también se dedicó otros menesteres que desempeñaba con el mejor de los cariños: músico.
Tocaba varios instrumentos desde el órgano hasta el acordeón y también lo buscaban para las parrandas que, como buen caribeño, le encantaban. Decían que hasta sabía tocar el violín.
Sus dotes musicales las sembró en las generaciones de entonces al punto de que el pueblo creó una escuela de música con su nombre. Escuela de Música “Dr. Edward Gabriel” donde aprendieron- entre otros- célebres trompetistas como aquel que apodaban “Chumón” y luego su pupilo, a quien nombraban “Tarzán”, quienes tocaron con las mejores orquestas populares del Zulia.
“El Negrito de La Estacada” fue nombrado organista oficial de la iglesia Nuestra Señora de Altagracia y desempeñó con gusto esta tarea hasta su muerte. Tocaba y era el que respondía a los cánticos en latín del padre Puche porque nadie sabía esa lengua.
Era muy solicitado por cualquier motivo, siempre listo para atender cualquier parturienta además no había dónde recurrir. La distancia no importaba siempre iba en su destartalado auto que le sonaba todo menos el radio, a cumplir con su vocación de apostolado médico para atender a cualquier enfermo. Se lo manejaba el popular Amancio, quien lo llevaba a todas partes.
La doctora Eligia Chirino lo describe como una persona de color, alto con un lenguaje que mezclaba un poco el inglés con el español. Muy serio en el trabajo, pero a la vez era amable y conversador lo que permitía mantener una relación familiar y cercana con sus pacientes y familiares.
Era un hombre con mucha mística y ética y solo después de que el parto salía bien, sin problemas y todo estaba okey aceptada un trago de ron para celebrar por la llegada de un nuevo miembro del pueblo. Le guardaban la botella para festejar después de la venida del nuevo hijo que él sentía como suyo.
Se convirtió en la referencia más importante en esos caseríos de la Costa Oriental del Lago. Cuentan quienes lo conocieron que la mayor parte de su vida sirvió a los que lo necesitaran. El dinero no era un impedimento, aunque vivía de eso.
Mostró siempre sus virtudes cristianas, tenía una disciplina personal después de ir a la Eucaristía hacía largos recorridos por las polvorientas calles del pueblo visitando los enfermos y atendiendo en su pequeño consultorio a los que buscaban alivio a sus dolencias.
Era un ferviente cristiano en las eucaristías acompañaba al sacerdote tocando su teclado, en esos tiempos se les decía órgano.
El doctor Edward Gabriel tenía la marca propia del cristiano una vida consagrada de servicio a los demás con perseverancia y buena actitud. Era un verdadero apóstol de la salud.
Su norte fue dar prioridad a los enfermos, a los excluidos, a los pobres era una la fuerza interna que llena de heroísmo al hombre auténticamente cristiano, a pesar de las imperfecciones humanas que todos tenemos.
Entendía, este gran hombre de gran carisma que vivió en nuestra tierra, que la salud es el límite entre la vida y la muerte.
Aún existen muchos testigos de excepción de la vida de este hombre que vivió las experiencias y vicisitudes de una época llena de precariedades.
El corazón bueno y servicial del doctor Edward Gabriel quedó sembrando en el recuerdo de este noble y heroica villa Altagraciana la tierra de Ana María Campos la gran prócer zuliana.
Y hoy día, el municipio sigue en deuda con “El Negrito de La Estacada” porque no tiene el reconocimiento que merece y solo apenas un miniparque lleva su nombre en Punta de Leiva, al lado de la iglesia.
Por: Ángel Montiel
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