martes, agosto 25

El desmontaje de la dictadura perfecta

Bajo los gobiernos de Hugo Chávez y Nicolás Maduro se gestó el modelo de hegemonía autoritaria más sofisticado de nuestro continente. El régimen controló la economía, sometió todos los poderes públicos y asfixió metódicamente cualquier espacio de libertad. En ese engranaje autoritario, nada escapaba de la vigilancia del eje chavista, madurista y rodriguista.

Durante años el aparato estatal funcionó como una maquinaria monolítica y destructiva. A nivel interno, los jerarcas del poder dejaban abierta una rendija cosmética. La usaban para hacer creer a la comunidad internacional que en Venezuela aún existía democracia. Algunos dirigentes políticos, ciegos o complacientes, participaban gustosos de las migajas que el sistema les arrojaba desde la mesa del poder absoluto.

En el plano diplomático, el régimen manipuló sin escrúpulos. Jugaron con el escenario internacional y le mintieron deliberadamente a la Santa Sede en los diálogos fallidos. Su última jugada geopolítica les salió mal en los diálogos de Noruega. La maniobra dilatoria quedó al descubierto ante los ojos del mundo civilizado.

Sin embargo, los imperios absolutos no son eternos, eterno solo es Dios. Esa estructura de control férreo sufrió una fractura irreversible. El detonante definitivo provino de la firme presión y la intervención sistemática de Estados Unidos. Este factor externo actuó como el martillo que quebró las bases del poder que pretendía durar un siglo.

El mito de la dominación absoluta se desploma cuando choca frontalmente contra la realidad de un país arruinado y la presión internacional inflexible.

Hoy la antigua hegemonía muestra grietas profundas que resulta imposible ocultar. El bloque gobernante se fractura desde dentro. Sus voceros enfrentan divisiones internas inocultables ante la insostenible realidad política. El mito de la dominación perfecta se derrumba sin remedio.

En las calles de Venezuela el colapso es total. Asistimos a la quiebra definitiva de los servicios públicos y a una inflación descontrolada que llena de penurias, miseria y desesperanza a los hogares. El Estado demostró una incapacidad absoluta para garantizar las necesidades más elementales de la población: la luz y el agua.

Son más de dos décadas acumulando excusas baratas. Pero la gente ya no cree una sola palabra. El desgaste del modelo es irreversible porque destruyó la calidad de vida de cada ciudadano sin excepción.

La dictadura se instaló con todo su poder destructivo y aún persisten muchos elementos de ese control totalitario. No obstante, el proceso de desmantelamiento está en marcha.

Aquel engranaje de hegemonía autoritaria que alguna vez controló cada rendija del país hoy se tambalea. El desmontaje de la dictadura perfecta se asume como un proceso complejo, duro y difícil, pero estrictamente necesario. La libertad exige constancia y la reconstrucción institucional requerirá firmeza ante las ruinas que deja el totalitarismo.

Por Ángel Montiel