martes, septiembre 29

Crisis eléctrica: ¿Vamos al colapso definitivo?

Venezuela se apaga poco a poco. Vivir a oscuras no es una opción, es una condena que el pueblo venezolano rechaza con firmeza. La crisis eléctrica actual no representa un simple problema de mantenimiento ni un reemplazo de piezas puntuales. Hoy en día, el racionamiento constituye un freno al desarrollo económico y una flagrante violación a la dignidad humana. ¿Qué país puede crecer, evolucionar y superar la crisis sin electricidad?.

Las cifras de los organismos gremiales exponen la magnitud del colapso. La Cámara de Comercio de Maracaibo denuncia una realidad insostenible. Solo la Costa Oriental del Lago enfrenta un déficit estructural que oscila entre los 350 y 500 megavatios diarios. Este vacío energético apaga los negocios, destruye los inventarios y paraliza por completo la productividad de la región.

Los ciudadanos de todo el país ya no soportan más promesas vacías. Los cortes de luz superan las doce y las dieciséis horas continuas en varios estados del país. El calor sofocante que a veces sobrepasa los 40 grados de sensación térmica, transforma los hogares en hornos, mientras los electrodomésticos se queman ante la inestabilidad de un sistema eléctrico que agoniza.

Esta parálisis eléctrica fractura la economía nacional desde sus cimientos. Los pequeños comerciantes pierden ingresos diarios porque no pueden encender sus puntos de venta ni garantizar las cadenas de frío de sus productos.
Por su parte, las grandes industrias operan a media máquina asumiendo costos millonarios para mantener encendidas plantas eléctricas que tampoco dan abasto.

El descontento popular ya desbordó la paciencia y ha invadido la calle de punta a punta en la geografía nacional. Vecinos de al menos once estados protagonizan protestas masivas, pacíficas y simultáneas. El rugido de la indignación une en el mismo reclamo a todo el país, en una respuesta ciudadana que desafía el poder ante el abandono institucional. Manifestantes en Maracaibo, San Francisco, Barquisimeto y Carora toman vías principales con cacerolas y quema de cauchos. Los ciudadanos bloquean el tránsito vehicular en las arterias principales, como las circunvalaciones 1 y 2 de Maracaibo, y transforman el silencio de la noche en un grito unánime por servicios eficientes y dignos.

Sin embargo, observo cómo este colapso responde también a un cálculo perverso: el problema eléctrico es convertido deliberadamente en una estrategia política de distracción, desgaste psicológico y emocional. Mantener a la población agobiaba por los apagones y a oscuras busca fijar toda nuestra atención y energía en la supervivencia diaria, evitando así que concentremos la mirada y la protesta en los cambios del TSJ, el CNE o la tragedia de los presos políticos. Nos asfixian con los servicios para anestesiar la resistencia ciudadana ante el quiebre institucional definitivo.

Mientras los sectores populares exigen soluciones, las autoridades ministeriales y de Corpoelec piden paciencia. Justifican el desastre culpando a las altas temperaturas, al incremento de la demanda y a trabajos “rezagados”. Para el venezolano común –que ve paralizada su vida, su salud mental y la de sus familiares enfermos–, pedir “ahorro energético” resulta una burla inaceptable.

La desinversión prolongada, la falta de personal calificado y la severa opacidad en el manejo del Sistema Eléctrico Nacional destruyeron la infraestructura eléctrica. Lo que antes funcionaba como una red interconectada de vanguardia en el continente, hoy sobrevive fragmentado como un archipiélago de parches que sacrifica el bienestar de la provincia. Debido a esto, Venezuela compite con Haití y Cuba por el primer lugar en apagones.

El tiempo de las excusas climatológicas y de los saboteos ficticios se agotó. El Estado venezolano debe asumir su responsabilidad directa en la reconstrucción eléctrica nacional. Devolver la energía no es un favor político ni una concesión, representa una deuda histórica indispensable para levantar el aparato productivo.

Mantener a la nación a oscuras significa condenarla al fracaso entero. El liderazgo profesional, las academias y el sector privado ya presentaron los diagnósticos y las soluciones viables. Solo falta la voluntad política de ejecutar las acciones necesarias antes de que llegue el colapso definitivo y se apague el país completo.

Por: Ángel Montiel
@angelmontielp
angelmontielp@gmail.com