La crisis de los servicios públicos colapsa la cotidianidad en el Zulia. Desde hace 17 años, el Zulia sufre la crisis eléctrica. Vivir bajo cortes eléctricos diarios que alcanzan hasta las seis horas y más, eufemísticamente llamados “administración de carga”, o sufrir apagones generales que paralizan la región, desnuda el fracaso absoluto de la gestión oficial en una tierra donde el calor implacable hace de la electricidad una cuestión de sobrevivencia.
El Zulia no merece este castigo. La región sufre las consecuencias directas de la desidia institucional, la falta de inversión real y la incapacidad técnica que destruyeron el Sistema Eléctrico Nacional. Esta tragedia es el saldo de años de promesas vacías y de una indolencia oficial que convirtió la energía en un bien inalcanzable.
Los bloques de racionamiento se convierten en castigos impredecibles. Las familias soportan hasta un tercio del día sin luz, bajo temperaturas que superan los cuarenta grados. Nadie descansa cuando el aire acondicionado y los ventiladores se apagan por orden de un cronograma que no existe.
Cada corte de energía arrastra los servicios esenciales en Maracaibo y el resto de la región. Se van el agua potable, las telecomunicaciones y la conectividad. Comunidades enteras quedan incomunicadas y a merced de la oscuridad.
Los electrodomésticos se queman con las fluctuaciones constantes en los hogares zulianos. Los comerciantes del centro y los mercados populares pierden inventarios y dejan de vender en medio de la impotencia.
Nadie responde por los daños materiales que empobrecen aún más a la ciudadanía. El descanso nocturno desaparece por completo en los barrios y urbanizaciones. Los hospitales zulianos operan al límite con plantas eléctricas que fallan. Las escuelas suspenden actividades ante la imposibilidad de sostener las jornadas escolares bajo este régimen de apagones.
La actividad comercial y la producción regional agonizan. Trabajar, comerciar o emprender en el Zulia resulta una tarea titánica cuando la energía es un recurso intermitente. La economía local se desangra y las pérdidas son millonarias.
Urge una rendición de cuentas sobre los recursos destinados, al sistema eléctrico. Las excusas oficiales ya no iluminan los hogares zulianos ni mitigan el sufrimiento colectivo. La electricidad no constituye un privilegio, sino un derecho fundamental.
El territorio zuliano paga un precio injusto mientras resiste con dignidad una penumbra impuesta por el poder. El Zulia no se reconstruye a oscuras mientras las autoridades ignoran los derechos más elementales de su gente, y la cotidianidad sigue atrapada bajo las seis horas de una cruel y torturadora “administración de carga”.
Por Ángel Montiel

