
En Venezuela, desde hace muchos años, dejaron de ser simplemente la oportunidad para un cambio de suerte, para pasar a ser una estrategia de supervivencia en medio de panoramas sombríos. Es casi una forma de imaginar una salida en donde las probabilidades son casi un millón. En medio de una economía marcada por la inestabilidad, cada boleto de lotería carga una expectativa que va mucho más allá del azar.
La escena se repite en distintas ciudades del país. Personas que, después de jornadas laborales precarias o ingresos insuficientes, destinan una pequeña parte de su dinero a distintos formatos de lotería, rifas, bolsos, sanes o bingos digitales.
Las cifras ayudan a entender ese comportamiento. Según la Encuesta Nacional de Condiciones de Vida (ENCOVI 2024), alrededor del 73 % de los hogares venezolanos vive en pobreza de ingresos, lo que equivale a más de 21 millones de personas. En términos más críticos, 3,4 millones de hogares se encuentran en pobreza extrema, es decir, no generan lo suficiente ni siquiera para cubrir la alimentación básica.
Aunque algunos indicadores han mostrado mejoras puntuales —como la reducción de la pobreza extrema de 50,5 % a 36,5 % entre 2023 y 2024—, el problema estructural persiste. Más de la mitad de los hogares continúa en pobreza multidimensional, lo que implica carencias no solo de ingresos, sino también de servicios, salud, educación y empleo estable.
A esto se suma una economía volátil. La inflación, aunque menor que en los años de hiperinflación, sigue siendo elevada. Para 2026, se registran tasas superiores al 100 % anual, mientras que la moneda nacional ha sufrido devaluaciones profundas en los últimos años. En paralelo, el ingreso promedio de los sectores más pobres ronda apenas unos pocos dólares mensuales, lo que limita severamente cualquier posibilidad de ahorro o planificación a largo plazo.
Algunos premios pueden ser una fortuna o, quizás, el equivalente a más de 10 salarios juntos. Cualquier premio es bien recibido porque abre puertas a un desahogo. En el caso de Corinna Zurita, el premio fue un vehículo cero kilómetros de alta gama. Es estudiante de Medicina de la Universidad de Carabobo y, en el contexto de un venezolano promedio de su edad, un vehículo es casi impensable.
Ella es el ejemplo de muchos otros venezolanos para quienes la lotería es una tradición. Zurita explica que compró dos cartones, uno para ella y otro para su papá; siempre ha sido así. La tradición de la lotería viene de su padre, que religiosamente compraba, esperando el famoso día de suerte. Aunque a él no le tocó, a su hija sí, lo que representa el ciclo de perseverancia y esperanza.
Zurita es una de las más de 93 mil ganadoras que el Kino Táchira registra en toda su historia, pero, aunque se dice fácil, la suerte no es algo que esté del lado de todos; las posibilidades son muy bajas y solo queda poner la fe.
Otros buscan vías más informales, pero que sirven como un mecanismo para obtener dinero. En 2026, la estampa de vecinos reunidos en una mesa de bingo ha sido sustituida por notificaciones constantes en grupos de WhatsApp. Cintia Mendienta, una estilista que carece de sueldo fijo, es parte del flujo de venezolanos que han visto en estos grupos una «forma fácil» de ganar dinero. Su experiencia se remonta a 2024, cuando ingresó en comunidades como «Bingo Freecash» y «Bingo Online Ena», lo que revela una realidad económica cruda.
El funcionamiento de este mercado paralelo es metódico. Organizadores como Anthony León han profesionalizado el azar doméstico, desarrollando aplicaciones móviles personalizadas para gestionar los números y las jugadas. Con una meta habitual de 100 cartones vendidos por partida, el administrador actúa como anfitrión, juez y cajero. Los premios, aunque parecen modestos (de 5 a 10 dólares), representan una cifra significativa para un trabajador promedio que, según el economista Asdrúbal Oliveros, sobrevive con ingresos limitados en un mercado altamente inflacionario.
La transparencia es el activo más valioso en este negocio. Grupos como «BingoAAA Virtual» operan bajo normativas rígidas: prohibición de mensajes ajenos al juego, verificación estricta de cartones y la regla de oro de que el ganador es el primero que cante «bingo» en el chat, sin derecho a reclamo por fallas de señal. Los administradores enfrentan constantemente la barrera de la desconfianza, por lo que invitan a los nuevos integrantes a permanecer como observadores antes de arriesgar su dinero, buscando generar un entorno de seguridad en una red propensa a las estafas.
Este fenómeno no es un hecho aislado, sino un síntoma de una economía donde el 45 % de los empleados gana apenas 100 dólares. Para Mendienta y muchos otros, la posibilidad de ganar 10 dólares en una noche de juego no es solo una distracción, sino un alivio financiero necesario. Mientras la brecha entre el costo de vida y los ingresos reales persista, el «I-7, B-11, O-69» seguirá resonando en los teléfonos inteligentes de miles de venezolanos que apuestan su poco excedente a la esperanza de un premio digital.
Sin embargo, esa esperanza convive con una paradoja. Mientras más se deteriora el ingreso real, más atractivo parece el azar. En economías estables, el juego suele ser ocio; en contextos de crisis prolongada, puede transformarse en una de las pocas narrativas de cambio posible.
Otros, como Eleonora Oropeza, llevan años jugando a la lotería, comprando cartones y colocándolos junto a un San Antonio de Padua, pero el milagro no se hace. Ella depende de su único hijo y ve con preocupación que las cosas no se facilitan; sin embargo, se persigna siempre con su cartón y le pide a Dios el milagro para que así le cambie la suerte.
No obstante, siempre habrá personas como Zurita, quien desde ya puede disfrutar de un vehículo 0 kilómetros que evidencia que ganar la lotería sí es posible y que ahora trasladarse por el país es mucho más fácil.
Por: Nota de prensa / Foto: Cortesía

