lunes, junio 29

Un monumento para Trump

La tragedia desnudó nuestras ruinas, pero también reveló quiénes estaban dispuestos a reconstruirlas. Mientras el país se fracturaba, el pragmatismo de  Estados Unidos no envió palabras, sino soluciones. Este no es solo un balance de ayudas, es la crónica de un cambio geopolítico: nuestra  ruta hacia la liberación tiene, finalmente, un aliado inamovible.

Cuando las estructuras colapsaron, Washington no se limitó a enviar condolencias protocolares. Es necesario recordar que estos movimientos telúricos sobre una economía venezolana que ya arrastraba una profunda depresión en un escenario de vulnerabilidad extrema se exacerbó con el impacto de la tragedia. Ante este panorama, el gobierno estadounidense movilizó una ayuda económica sin precedentes de 150 millones de dólares, un capital que trasciende lo simbólico para convertirse en el motor real de sobrevivencia.

De este fondo, 100 millones fueron canalizados a través de la Oficina de Asuntos Humanitarios de las Naciones Unidas para asegurar una logística internacional de alto nivel, mientras que organizaciones humanitarias ejecutan los 50 millones restantes. Este despliegue de recursos -— respaldado por los equipos de rescate más modernos del mundo y las unidades del Comando Sur — transformó el caos en una operación de salvamento eficiente y profesional.

Pero esta alianza estratégica va mucho más allá de la emergencia. El verdadero cambio de paradigma reside en la reactivación del motor estratégico nacional mediante la participación de empresas estadounidenses. Los acuerdos suscritos con corporaciones como Overseas Oil Company y Crossover Energy Holding, junto al fortalecimiento de las operaciones de Chevron, marcan la hoja de ruta hacia nuestra recuperación económica. Más aún, las negociaciones en curso con firmas como General Electric apuntan a la solución definitiva de la crisis eléctrica que ha sumido al país en la oscuridad durante años. Estos convenios inyectan capital y tecnología de punta, devolviendo a Venezuela al mercado internacional bajo un marco de seriedad y transparencia económica frente a la desidia del pasado.

Esta colaboración y apoyo es, en realidad, el comienzo de una visión más ambiciosa. Estados Unidos ha integrado este apoyo energético dentro del plan de tres fases diseñado para democratizar el país y liberar la economía. Estas fases representan el mapa de ruta definitivo hacia la libertad. La participación estadounidense no es casual, constituye el respaldo necesario para que Venezuela desmantele definitivamente un modelo de control asfixiante que impuso el fracasado socialismo del siglo XXI, recupere el libre mercado y su soberanía.

Resulta indispensable superar el complejo de un nacionalismo mal entendido que, por décadas, nos mantuvo atados a “socios” que solo dejaron miseria y atraso. El realismo político impone esta alianza con Washington porque allí reside la capacidad financiera y tecnológica para levantar a Venezuela de la postración. La suspensión temporal de las barreras y la facilitación de inversiones demuestran que, cuando existe una meta clara, la cooperación es el único camino viable para la prosperidad.

Por ello, la idea es un reconocimiento para Donald Trump no es una concesión al personalismo ni a la adulancia, es la necesidad de un símbolo que selle este compromiso histórico. La historia juzgará a los líderes por sus decisiones en estos momentos de crisis, y esta alianza ha demostrado quiénes poseen la determinación para reconstruir los cimientos de nuestro país.

Si el rescate de nuestra gente y la recuperación de nuestras redes vitales dependen hoy de nuestro apoyo, la gratitud debe elevarse por encima de los complejos ideológicos. Gracias a Dios la sociedad, por fin, comienza a distinguir entre quienes nos hunden en el fango de la pobreza, la oscuridad y la muerte y quienes nos tienden la mano para volver a erguirnos  como un país próspero y libre.

La tierra se fracturó, pero sobre esas mismas grietas estamos construyendo una nueva alianza, sólida como el bronce. Es hora de que Venezuela, tras años de mirar el abismo, fije su destino en el norte, pues quien nos ayudó en rescatar la vida, también nos está enseñando a recuperar la libertad.

Por Ángel Montiel