Venezuela fue el país donde, desde 2014, sus ciudadanos comenzamos a llevar la vida en ruedas, caminos, aviones y selvas, inaugurando la era de los nuevos nómadas del siglo XXI. Hoy, además de las penas familiares por abandonar la patria —dejando atrás los afectos y separando a padres de hijos—, nos enfrentamos a una realidad dolorosa: hogares enteros obligados, de la noche a la mañana, a hacer la maleta y la mochila para recorrer el mundo en busca de oportunidades.
Los venezolanos recorremos el planeta entero: unos con posibilidades de trabajos estables, pero otros haciendo los oficios más difíciles, a los cuales no tememos porque estamos hechos de trabajo, tesón y responsabilidad. Nuestra nueva carta de presentación dejó de ser el currículo; bastaba con decir lo que sabíamos hacer. Aprendimos nuevos idiomas y adoptamos otras sazones, pero en el hogar siempre prevalecen nuestras tradiciones.
Señores presidentes del mundo, los venezolanos le abrimos las puertas a todos los que llegaron huyendo de guerras y posguerras. Sabemos que todos quieren poner en orden su nación y que era necesario un control migratorio básico. Pero no podemos ser el blanco de las más ferias políticas antiinmigratorias. El Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) de Estados Unidos se ha convertido en el fantasma de una cacería de venezolanos, endureciendo visados y aplicando deportaciones severas mediante aprehensiones que atentan contra la integridad física y moral, sumado a terribles condiciones de reclusión para enfermos crónicos.
Según especialistas, el flujo migratorio directo hacia los Estados Unidos experimentó su aceleración e incremento más fuerte a partir de 2021 y 2022. Hoy parece revivirse la historia de los judíos acosados en centros de confinamiento; miles de venezolanos viven aterrados y no salen de sus casas, no solo en Doral, sino en todo el territorio de la América de las libertades de Martin Luther King.
Mi hermano vivía en Orlando, Florida. Fue detenido el 21 de junio mientras trabajaba haciendo Uber, con sus papeles al día y pagando impuestos. Pasó por tres centros de reclusión infrahumanos, sin sus medicamentos, y tras casi tres meses llegó deportado a Venezuela bajo un trato indigno, esposado de pies, manos y cintura durante todo el vuelo. No tiene sentido someter al encarcelamiento prolongado y a la ruina a familias enteras que deben pagar fianzas millonarias o costear campañas en redes sociales, solo para ver mutilada su ilusión y retornar enfermos, sin recursos y nuevamente separados.
Es doblemente duro porque gran parte de estas personas vive con hijos en edad escolar, son dueños de negocios y cumplen estrictamente con las leyes, viviendo con el temor constante de ser aprehendidos, sin olvidar que muchos salieron de Venezuela huyendo de acosos extrajudiciales y violaciones a los derechos humanos.
Hay un miedo que duele y no tiene justificación. Mientras los acuerdos petroleros recientes entre estas naciones generan recursos que alcanzarían para sostener con creces a los migrantes venezolanos en EEUU, la realidad de nuestra gente es la angustia y el caos. Un gobierno que pregona la libertad genera hoy terror en quienes buscaban amparo, y los venezolanos de allá no viven de esas millonarias regalías.
Este mismo llamado es para los presidentes de Colombia, Chile, Ecuador, Perú y de otras naciones que han hecho de la expulsión de los venezolanos una consigna partidista. No todos somos miembros del Tren de Aragua, ¡no! Somos hijos de Bolívar, herederos de Humberto Fernández Morán, Héctor Rojas, Udón Pérez, el maestro José Antonio Abreu, Gustavo Dudamel y nuestra pianista Gabriela Montero, quien acaba de ser galardonada con el premio «Pablo Montero Casals» 2026, y de todos aquellos que hoy brillan desde sus puestos clave en la investigación, la salud, la robótica y la carrera espacial.
Por: Silvia Barboza/Periodista

