miércoles, octubre 21

¿Quién entregó a Maduro?

El poder absoluto siempre tiene una grieta, a veces mínima. Como le sucedió a Calígula, quien no vio que la primera puñalada provino de uno de sus tribunos más destacados y de mayor confianza: Casio Querea.

La espectacular captura de Nicolás Maduro en Caracas por parte de fuerzas especiales estadounidenses, ocurrida el pasado 3 de enero, demostró que los muros de una tiranía no son tan sólidos como aparentan.

Una o varias “puñaladas” –o, mejor dicho, traiciones a su figura– vinieron de su círculo más cercano.

El operativo bautizado como “Operación Resolución Absoluta” pasará a los anales de la historia no solo por el masivo despliegue de tecnología bélica y aérea, sino por guardar el misterio más incómodo de la revolución: la delación interna coordinada por la CIA.

Donald Trump calificó la misión como una “operación perfecta”. No miente. El asalto a gran escala neutralizó con precisión quirúrgica las defensas enemigas en Fuerte Tiuna. Sin embargo, la perfección de la inteligencia militar norteamericana no surgió de la nada.

Tampoco el éxito se debió únicamente a los avanzados helicópteros Black Hawk y Chinook ni a los sofisticados aviones de combate F22 Raptor y F-35 Lightning II. La infalible exactitud de la misión dependió de la información privilegiada entregada en bandeja de plata por uno o varios personajes.

El plan de resguardo del dictador contemplaba una cueva blindada. Una fortaleza reforzada con acero, diseñada meticulosamente y ensayada para resistir cualquier intento de extracción. Las fuerzas militares tenían la orden de protegerlo a toda costa y la operación estaba planeada para evitar errores.

Pero Maduro nunca llegó a cerrar la puerta de ese búnker de seguridad. El tiempo se le agotó. Sus custodios fallaron. El sofisticado andamiaje de protección militar colapsó. ¿Por qué?

Sencillamente, el adversario conocía de antemano cada punto débil, cada mínimo detalle de la operación de resguardo de Maduro y estaba milimétricamente organizada gracias a los cubanos. El protocolo de respuesta a la acción estadounidense, que amenazaba una y otra vez, estaba medido en lapsos de segundos, de pasos contados que nunca llegaron a la meta deseada.

La CIA tendió la red y un informante de alto nivel mordió el anzuelo. O quizás fueron varios los delatores que en su momento saldrán a la luz pública como héroes de la patria. Por ahora impera el más absoluto silencio.

Según revelaron reportes del New York Times, la Agencia Central de Inteligencia utilizó una fuente secreta incrustada en el corazón del régimen para vigilar los pasos de Maduro de forma milimétrica. El Judas de la revolución, un amigo o aliada de extrema confianza, decidió romper el pacto de lealtad a cambio de una suculenta tajada de recompensa multimillonaria y amplias garantías de protección política y financiera.

También pudo ocurrir que la CIA lo tuviera totalmente sometido, a él y a su familia, tras enseñarles dónde estaba cada uno y también enseñarle que conocían de todos sus oscuros negocios. Al final, logró claudicar.

Este soplón entregó a los oficiales de la CIA las coordenadas más precisas de Maduro. Le dio “pelos y señales” al enemigo, cuántos minutos y segundos exactos tardaba el dictador en guarecerse, la ubicación exacta de sus refugios y los planos detallados de la residencia.

No solo eso, tuvo que probar en una simulación que sus datos eran ciento por ciento confiables para Estados Unidos, porque Washington no estaba dispuesto a perder a ningún Navy SEAL o miembro de las fuerzas especiales. Y así fue: no hubo víctimas mortales estadounidenses en el terreno. Cada mínimo detalle que pudiera poner en riesgo la vida de un militar norteamericano fue previamente validado y neutralizado gracias a este personaje de alcoba que dio datos bien precisos más allá de las coordenadas, lo que hace suponer que esa fuente delatora tenía conocimientos militares.

La razón es que para una operación militar solo se consideran válidos datos militares. Es decir, a preguntas sobre operaciones de fuerzas militares, las respuestas vienen de una fuente de conocimiento del tema. Es nuestra hipótesis: lo delató alguien del mundo militar activo o retirado, amén de que no fue uno, sino varios, los que metieron sus manos para entregar a Maduro.

Este quiebre recuerda de manera inevitable a la célebre jornada del 11 de abril de 2002. Aquella madrugada en la que el general Lucas Rincón se paró frente a los periodistas para anunciar que a Hugo Chávez “se le solicitó la renuncia, la cual aceptó”. Al igual que en aquel entonces, el verdadero detonante del colapso no vino desde el extranjero, sino de las propias entrañas del régimen. Y la renuncia de Chávez dio paso al primer gran misterio del chavismo.

¿Quién entregó finalmente a Maduro? Hasta ahora, el nombre y apellido de quien proporcionó los códigos de acceso a la CIA y confirmó la vulnerabilidad del búnker siguen bajo un pacto de silencio absoluto. Es el gran misterio contemporáneo de Venezuela. Las operaciones secretas entierran sus fuentes durante décadas, pero la verdad siempre sale a flote. Quizás lo sepamos cuando la transición consolide un rumbo democrático definitivo, o tal vez deban pasar muchos años para desentrañar la identidad de la “mano amiga” (o de las muchas manos que sepultaron) al madurismo desde adentro. Al final, la operación del 3 de enero demostró cómo las traiciones de la Roma imperial revivieron en el siglo XXI. Y la grieta de Maduro (equivalente a las puñaladas contra los emperadores romanos) fue la entrega de su propia gente.

Por: Ángel Montiel / @angelmontielp / angelmontielp@gmail.com