
En el epicentro comercial de Maracaibo, donde el sol del Zulia no perdona y el bullicio es la banda sonora de cada día, se teje una historia de resistencia que no ocupa las portadas de las revistas de moda, pero sí el alma de la ciudad. El Mercado Popular Las Pulgas no es solo un centro de intercambio de mercancías; es el escenario donde cientos de mujeres decidieron desafiar los estereotipos de la feminidad convencional para convertirse en el motor económico de sus hogares.
Estas mujeres, que se definen a sí mismas como «luchadoras y valientes», cambiaron los tacones por calzado resistente y el maquillaje por las marcas del esfuerzo diario.

La jornada comienza mucho antes de que el primer rayo de sol toque el Lago de Maracaibo, organizando la logística doméstica para asegurar que sus hijos tengan desayuno y almuerzo listos antes de salir a enfrentar la dura realidad del mercado.
Estas trabajadoras del popular mercados Las Pulgas representan la columna vertebral de la economía informal zuliana, demostrando que la verdadera belleza reside en la voluntad inquebrantable de sacar adelante a sus familias a través del trabajo físico extenuante como carretilleras y vendedoras.
La rutina de estas mujeres es un ejercicio de precisión y sacrificio. Al llegar entre las 7:30 y las 8:00 de la mañana, ya han cumplido con una jornada previa en sus hogares, dejando todo dispuesto para que la vida familiar continúe mientras ellas se sumergen en el caos, según ellas mismas contaron al equipo de Foco Informativo durante un recorrido.

Allí, la fuerza física se convierte en su principal herramienta: cargan cajas pesadas, empujan carretas cargadas de verduras y negocian con proveedores y clientes con una destreza nacida de la necesidad. No hay espacio para la vanidad estética cuando el objetivo es el sustento; su identidad está forjada en el sudor y en la satisfacción de saber que cada caja cargada es un plato de comida asegurado. Esta labor, a menudo invisibilizada, es un testimonio de la resiliencia femenina en contextos de crisis económica, donde el rol de proveedora se asume con una dignidad que trasciende cualquier estándar social de apariencia.
Una de ellas es Katerin Urdaneta, que mientras prepara con destreza unos perros calientes entre el vapor y el ajetreo, confiesa que su motor no son los hijos que aún no tiene, sino el peso sagrado de sus padres sobre sus hombros. «Soy el sustento de mi casa», afirma con una mirada que no conoce el cansancio,

A pocos metros, Angie Álvarez refuerza este sentimiento de lucha inalcanzable; con cuatro hijos esperando en casa, su jornada no termina hasta que las sombras de las 7:00 de la noche cubren el mercado. Para Angie, el sitio es el campo de batalla donde asegura el las comidas de sus cuatro pequeños hijos.
Al entrevistarlas, se percibe un orgullo; no se ven a sí mismas como víctimas de las circunstancias, sino como protagonistas de su propio destino. Su valentía no reside en la ausencia de miedo o cansancio, sino en la decisión diaria de levantarse y enfrentar el mercado con la frente en alto. Son, en esencia, las arquitectas de una supervivencia que se construye gramo a gramo, fruta a fruta, en el mercado más emblemático del estado Zulia.

Texto y Fotos: Lizaura Noriega

