martes, julio 7

Madre de zuliana que murió en La Guaira: «Teníamos muchas esperanzas de conseguir a Vicky viva»

El silencio en La Concepción, capital del municipio Jesús Enrique Lossada, en el estado Zulia, se sentía este lunes 6 de julio, más pesado que de costumbre. En el aire flotaba el eco de una despedida que nadie quería dar, la de Vicky Urdaneta, una joven de 20 años cuya vida se apagó prematuramente tras los devastadores terremotos que sacudieron a Venezuela.

Con la voz quebrada por el dolor, Victoria Leal, madre de la estudiante de idiomas Modernos de la Universidad del Zulia y egresada de la academia de aviación Sky Crew School, relató al equipo de Foco Informativo la profunda angustia que experimentó al enterarse de que el epicentro de los dos sismos registrados el 24 de junio se ubicaban en La Guaira, lugar donde residía su hija Vicky junto a su tío.

Mientras Leal permanecía en la región zuliana, su hija se encontraba en Catia La Mar, estado Vargas, enfrentando la tragedia que dejó hasta los momentos un saldo de 3.535 personas fallecidas y 16.740 heridas, según el último boletín publicado este lunes por el Gobierno venezolano. La separación física entre ambas era considerable, ya que la distancia geográfica que separa a La Concepción de Catia La Mar, en La Guaira, es de aproximadamente 750 kilómetros por vía terrestre, una brecha que intensificó la desesperación de la madre al no poder estar cerca de su hija en ese momento.

Explicó que su hija, era de esa generación que vive con el teléfono como una extensión de su alma; «podía hablar con su hermano, con sus amigos y con su novio en un mismo instante, «los jóvenes tienen esa capacidad de hablar con varios al mismo tiempo», tejiendo una red de afectos que la mantenía conectada al mundo, recuerda que siempre hablaban con ella de sus cosas cotidianas, de sus planes,

«Lo último que hablé con ella es que me había dicho que se iba a bañar y prepararse para ver el juego del Mundial», señaló la progenitora.

Fue la despedida, un aviso enviado en medio del caos, justo antes de que el silencio se apoderara de La Guaira, mientras que su casa, la incertidumbre comenzó con una pregunta inocente de su hijo varón, «¿mami, sentiste el temblor?, pero el epicentro estaba lejos, en La Guaira», aún en ese momento no sabían que, en ese preciso instante, el mundo de la familia se estaba desmoronando junto con el edificio donde ella se encontraba Vicky.

La señora Leal relató que la angustia se transformó en una carrera contra el tiempo. «Las llamadas a Vicky y a mi hermano, quien estaba con ella, no caían, ni respondían los mensajes». al no poder comunicarse con ninguno de los dos, señaló que comenzó a llamar a todos los conocidos en la zona. «Nadie respondía». El instinto de madre se transformó en desesperación hasta que logró hablar con la conserje del edificio, con la voz quebrada, me indicó, «yo logré salir, pero no sé nada de Vicky; el edificio se derrumbó». Esa frase borró el mapa de la tranquilidad del grupo familiar.

Sin pensarlo, emprendieron el viaje desde Maracaibo hacia La Guaira, aferrados a una esperanza que se negaba a morir. «Teníamos muchas esperanzas de conseguir a Vicky viva». Durante diez días, el tiempo se detuvo entre escombros, recuerdos y polvo. La realidad, sin embargo, fue más cruel de lo que imaginaron, Vicky había falleció en el primer momento ese 24 de junio, en el edificio Los Bucaneros, en la urbanización Playa Grande de Catia La Mar que se partió en dos, y aunque su madre señaló que la joven tenia conocimientos sobre técnicas de supervivencia, intentó resguardarse en un lugar seguro, pero la magnitud de la tragedia no le dio tregua.

El 4 de julio fue encontrado el cadáver de la zuliana, su madre en medio del velorio, dijo con la voz quebrada por el dolor, que «el único aliento que puedo tener es que la conseguimos sin vida, pero la tengo aquí».

A pesar de que la tristeza le desgarra el pecho, Victoria mantiene una entereza admirable, donde afirma sin pensarlo dos veces que «sigue confiando en Dios y que por alguna razón pasan las cosas, él tiene la ultima palabra». 

Por Lizaura Noriega

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