La historia de Venezuela suele escribirse con nombres de generales y caudillos de falsas epopeyas, pero en medio de esas narrativas militaristas emerge la figura de un hombre cuya única arma fue la palabra electrizante en el púlpito y cuyo único ejército fue su integridad y su fe inquebrantable. Salvador Montes de Oca, el segundo obispo de Valencia, no solo desafió a la dictadura más longeva del siglo XX venezolano, sino que terminó su vida enfrentando la barbarie del nazismo en Europa. Su historia no es solo la de un mártir católico, sino la de un símbolo universal de la resistencia ética y moral.
Salvador Montes de Oca asumió la Diócesis de Valencia en 1927, en plena hegemonía dictatorial de Juan Vicente Gómez. “El Benemérito” gobernaba al país como su hacienda particular. Sin embargo, Montes de Oca, con apenas 32 años, rompió el protocolo del silencio y la sumisión.
Su primer acto de rebeldía no fue político, sino humanitario. El joven obispo convirtió su sede episcopal en un refugio para los perseguidos. Mientras las cárceles de La Rotunda y el Castillo de Puerto Cabello se llenaban de jóvenes estudiantes y presos políticos, Montes de Oca los visitaba, les llevaba el consuelo de la palabra de Dios y, lo más peligroso para la época, exigía públicamente el respeto a sus derechos humanos. Para el régimen esto no era caridad cristiana, sino sublevación.
El punto de quiebre ocurrió en 1929. El detonante fue un artículo publicado por el obispo sobre la indisobilidad del matrimonio y la moral pública. En un contexto donde los altos jerarcas del gomecismo solían hacer gala de una vida privada que ignoraba las leyes civiles y religiosas, las palabras de Montes de Oca fueron interpretadas como un ataque directo y un desafío al honor de la cúpula gobernante. La respuesta del tirano Gómez fue irrebatible, el destierro. Montes de Oca fue expulsado del país, convirtiéndose en el primer obispo venezolano en el exilio por razones de conciencia. Este acontecimiento marcó un hito en el espíritu nacional, demostrando que había instituciones capaces de confrontar la arbitrariedad del poder absoluto. Aunque regresó unos años después, su relación con el poder político quedo fracturada para siempre, él ya no pertenecía al mundo de las intrigas políticas de palacio, sino al servicio de los más vulnerables.
En 1934, tras renunciar a su cargo de obispo por razones que mezclaban su precaria salud con un deseo profundo de una vida espiritual contemplativa, Montes de Oca tomó la decisión que desconcertó a la sociedad venezolana, ingresó a la Orden de los Cartujos, una de las congregaciones más rigurosas, dedicada a la vida contemplativa de la Iglesia Católica.
Se trasladó a Italia, a la Cartuja de la Farneta, en la Toscana. Allí el hombre que había sido una figura pública prominente en Venezuela se convirtió en el hermano Bernardo. El cambio fue radical, de las ceremonias solemnes y el prestigio social a la fría soledad del claustro, el trabajo manual, el voto de silencio y la oración. Parecía que la historia personal de Montes de Oca terminaría en la paz de la oración profunda, pero la sombra de la Segunda Guerra Mundial alcanzó los muros del monasterio.
En septiembre de 1944, la ocupación nazi en Italia se volvió desesperante y brutal. El monasterio de la Cartuja de la Forneta, fiel a la tradición del asilo, abrió las puertas a judíos y perseguidos que huían de las SS. Monseñor Montes de Oca, a pesar de su rango y su nacionalidad extranjera, se involucró activamente en la protección de esos refugiados.
La madrugada del 2 de septiembre, las tropas nazis asaltaron el monasterio. Durante varios días seguidos los monjes fueron torturados e interrogados. A Montes de Oca se le ofreció una salida que podría haber evitado su trágico fin. Sin embargo, se negó abandonar a sus hermanos de la Orden y a los civiles que habían protegido. El 17 de septiembre de 1944, Salvador Montes de Oca fue fusilado junto al director del monasterio (prior) y otros monjes.
Su cuerpo fue arrojado a una fosa común y quemado con cal viva para borrar su rastro. Fue un acto de barbarie que pretendía eliminar para siempre a quienes se atrevieron a anteponer la compasión y el amor a la ideología del odio y del resentimiento.
No fue sino hasta 1947 cuando sus restos fueron identificados y repatriados a Venezuela en un viaje que movilizó a todo el país. Su llegada a la Catedral de Valencia fue un acto de duelo nacional. El pueblo no despedía solo a un sacerdote, sino a un héroe que había demostrado que la libertad del espíritu no conoce fronteras.
Hoy, la figura de Monseñor Montes de Oca trasciende lo religioso. Su vida es una lección de conversión radical.
El proceso de canonización sigue su curso en el Vaticano, pero para los venezolanos, Montes de Oca ya es un santo de la cotidianidad y la resistencia. Su tumba en la Catedral de Valencia sigue siendo un lugar de peregrinación para quienes buscan inspiración para luchar por la justicia social en tiempos de incertidumbre.
Salvador Montes de Oca no murió en vano. Murió para recordarnos que, ante la tiranía y la injusticia, la indiferencia es un pecado grave que clama al cielo.
Sirvan estas líneas también como un sentido homenaje a la memoria de Felipe Montes de Oca, pariente cercano del obispo y hoy fallecido, quien fue un motor incansable detrás de la causa de su santificación. Felipe no solo compartió la sangre con el mártir, sino también la convicción de que su sacrificio merecía el altar de la memoria colectiva eterna. Hoy al recordar a Salvador Montes de Oca, honramos también la perseverancia de Felipe, dos vidas unidas por un apellido y por la defensa de una luz que, gracias a los esfuerzos como el suyo, nunca dejará de brillar en el corazón de los venezolanos.
Por Ángel Montiel

