lunes, agosto 17

El miedo a volver a casa tras el terremoto en Colombia: “Se mueven las cortinas y uno piensa que está temblando”

A Stella Cifuentes, desde el lunes en que el terremoto sacudió su ciudad al suroccidente de Colombia, le da miedo quedarse dormida. Para poder conciliar el sueño ha tenido que tomar pastillas porque cada que se acuesta teme que si se duerme no va a poder reaccionar cuando empiece a temblar de nuevo.

Cada noche es eterna: se despierta una y otra vez y lo primero que le viene a la mente son esos tres o cuatro minutos eternos de la mañana del 10 de agosto, cuando su casa se sacudió con fuerza y ella, de 64 años, se fundió en un abrazo con su madre, de 84. “Es muy atemorizante, se me vienen todas esas imágenes, como si estuviera viendo otra vez toda la película”, cuenta. Ya no tiembla, pero siente como si estuviera a punto de pasar de nuevo, reseñó El País.

Su casa es un apartamento en la tercera planta de un edificio en Caicedonia, un pueblo de 30.000 habitantes en el Eje Cafetero, muy cerca de Armenia, una de las regiones más golpeadas por el terremoto de magnitud 7,4. El edificio se construyó apenas hace un año y la estructura se mantuvo firme, aunque todo lo demás resultó muy averiado.

Desde ese día no ha vuelto a pasar la noche allí pues aún está a la espera de que los expertos hagan la inspección y determinen si es seguro volver. Para ella no lo es. Ha regresado un par de veces a sacar sus enseres, pero cuando está allí el miedo la invade y quiere salir lo antes posible.

Igual que casi todas las personas que han tenido que evacuar sus edificios, ella está temporalmente alojada en la casa de un pariente; en su caso, en la de la familia de la novia de uno de sus hijos. En la mayoría de edificaciones que resultaron perjudicadas en las ciudades y municipios del occidente del país, no se ha autorizado de forma segura el retorno.

Pero aún en esta casa donde está ahora, cinco días después del temblor, Stella sigue sin bajar la guardia. Aquí al menos le alivia, dice, que es un primer piso y es más fácil evacuar. “Yo nunca dormía con la puerta del cuarto abierta y ahora no soy capaz de cerrarla, porque pienso que no la voy a poder abrir”.

Pamela Londoño, asesora global de salud mental y apoyo psicosocial de Project HOPE —una organización humanitaria internacional que está atendiendo la emergencia y antes venía atendiendo la del terremoto en Venezuela—, explica que ese comportamiento de hipervigilancia que están experimentando quienes sintieron con más fuerza el terremoto no es otra cosa que la respuesta del cuerpo a una situación de estrés agudo.

“Las personas quedan en un estado de alerta, porque ese estrés agudo les hace sentir que tienen que estar preparados para reaccionar”, dice. “Experimentan reviviscencias —o flashbacks— que les hacen sentir que lo están viviendo otra vez; la situación ya pasó, pero esa respuesta de estrés no se apacigua sino que se sostiene en el tiempo”. Han pasado seis días desde el terremoto y la cifra de fallecidos ya supera los 280, según los últimos registros.

Es lo mismo que le ha pasado toda la semana a Bachir Carrillo, de 42 años, que vive en una unidad en Cali, una de las ciudades más devastadas por la tragedia, con un centenar de muertos. Su edificación ya fue inspeccionada por técnicos que determinaron que sí es habitable, pero para él no es un veredicto confiable. Ya está buscando mudarse a una habitación en una casa: “Ya yo le cogí miedo a vivir en un edificio”.

No ha sido capaz de volver a pasar una noche entera en ese apartamento, aunque quede en un segundo piso. Cada noche desde ese día, se baja a la zona verde de su unidad, se queda compartiendo con los vecinos, se inventa cualquier pretexto para estar allí abajo y no en su apartamento. Solo sube pasadas las dos o las tres de la madrugada, cuando ya falta más poco para que amanezca. Sube y se alista para dormir aunque pareciera que fuera para salir: se viste, guarda su billetera en un bolsillo, sus medicamentos para el corazón en el otro, deja los zapatos listos junto a su cama y las llaves listas en la puerta.

“Le queda a uno ese temor que vuelva a pasar y que esta vez sí no se salve uno”. Dice que no se siente en un lugar seguro. Estar viendo las grietas de su apartamento todo el tiempo no lo deja en paz. Este fin de semana tendría que estar con su hijo —comparte la custodia con su expareja— pero prefirió llamar a la madre del niño y decirle que prefería no hacerlo, hasta que se haya mudado a una nueva casa.

El mismo temor también lo están experimentando quienes no han podido volver, porque ya no tienen a dónde. Mateo Yepes, de 30 años, estaba esa mañana en su apartamento en un quinto piso en Pereira. Conversaba con su madre en la habitación de ella, mientras acariciaba a su gata, cuando la edificación empezó a sacudirse. Le dijo a su madre que se acostara en el piso, en paralelo a la cama, y él hizo lo mismo al otro lado. Todo empezó a caerse, se fue la luz.

Las paredes empezaron a desprenderse. A través de la cama él y su madre se despidieron: se dieron las gracias, se dijeron que se amaban. La planta empezó a irse abajo. Desde el quinto piso terminaron en tierra firme; como ese era el último piso, ellos quedaron en la parte de arriba del edificio desplomado. Las paredes del apartamento les cayeron encima. Un muro aprisionaba a Mateo y le oprimía el mentón contra el pecho, no podía ni hablar ni respirar. Justo cuando perdía ya el aire, un puñado de obreros que estaban en una construcción de enfrente los auxiliaron y los sacaron de allí. Él tuvo una fractura en el fémur y en una mano. Su madre salió ilesa.

Mateo lleva toda la semana hospitalizado entre cirugía y cirugía en Manizales, una ciudad cercana a Pereira que también quedó muy afectada. Aun en la habitación del hospital, no ha vuelto a tener paz. En su cabeza vuelve a escuchar otra vez el sonido de la pared desprendiéndose, las cosas cayéndose y vuelve a ver a su madre al otro lado de la cama despidiéndose de él. En la camilla, calcula todo el tiempo qué le puede caer encima si empieza a temblar. No concilia el sueño, no descansa.

El apartamento que se vino abajo lo habían comprado sus padres hacía 30 años. Después de un tiempo en Manizales, su madre volvió a vivir allí hace más de una década. Mateo había regresado a esa casa hace ocho meses. Le entraba el sol por cada esquina. Su familia ha iniciado una colecta, sin información todavía sobre las ayudas para la reconstrucción. Ahora buscan a su gata, que él sostuvo con toda su fuerza hasta que estuvieron en el suelo, allí la soltó y no la ha vuelto a ver. En medio de la llamada telefónica, él interrumpe la conversación: “Espere, que está temblando”, dice. A los pocos segundos, se da cuenta que no era real. “No, es que se mueven las cortinas y uno piensa que está temblando”.