lunes, julio 20

Duelo, trauma y salud mental: La otra emergencia después del terremoto

Mirelvis Fuentes perdió su apartamento en Naiguatá. El Edificio Mónaco se vino abajo y, con él, los recuerdos de su esposo, quien falleció hace apenas seis meses. A sus 55 años, ella no solo vio caer una estructura de concreto; vio cómo las vivencias de 15 años de matrimonio se fueron abajo. «Estamos en un país donde se lucha mucho por conseguir las cosas«, cuenta con mucha tristeza. «Volver a comprar mis cosas… no sé cuánto tiempo me llevará. Además, no tengo dónde meterlas. Me siento un vacío raro dentro de mí«.

Hoy Mirelvis está desempleada y tuvo que dejar La Guaira para vivir con su mamá en Caracas. Este «vacío raro» que siente es el reflejo de una realidad que afecta a miles. De hecho, la Organización Panamericana de la Salud (OPS) asegura que, tras un desastre natural, entre 15 % y 20 % de la población desarrolla problemas de salud mental moderados, como la ansiedad y la depresión.

Para ayudar en este momento, la psicóloga clínica Mary Sánchez explica que no sirven las frases hechas. «Palabras vacías como ‘todo va a estar bien’ o ‘dale gracias a Dios porque estás aquí’, muchas veces son abusivas«, advierte. La especialista dice que cada quien reacciona diferente: algunos necesitan quedarse en el sitio ayudando a reconstruir con sus vecinos, mientras que otros prefieren irse con familiares a otros lugares.

Pero aun cuando pasa el peligro inicial, la crisis no termina. La víctima sigue sintiendo episodios de miedo y angustia al recordar lo que vivió. Según la OPS, «el sueño se vuelve irregular, se pierde el apetito, aparece la irritabilidad y surgen dolores en el cuerpo porque las defensas del organismo bajan«.

La también especialista en trauma explica que esto pasa porque el cerebro se queda atrapado pensando qué pasó y por qué se perdió tanto. Es el dolor de sentir que «un lugar que era hermoso y seguro» se convirtió de golpe en un espacio lleno de ruinas. A eso se le conoce, explica, como solastalgia. Y Mirelvis lo vive en carne propia: «Es muy fácil decir que lo material se recupera. Agradezco mucho a Dios la oportunidad de seguir, pero lo que no es material tiene más valor y eso duele más«.

Llevar adelante el día a día, el desempleo y tener que mudarse a la fuerza es abrumador. La OPS advierte que, si la amenaza sigue o la gente tiene que desplazarse, el trauma puede empeorar y dejar secuelas permanentes.

«Si el impacto es grave y colectivo, en esta fase ya se nota el daño en la cohesión familiar y social, lo cual dificulta obviamente la superación individual del trauma. Si a ello le sumamos la persistencia de la amenaza o la necesidad del desplazamiento, resulta fácil entender que los procesos de readaptación se postergan y las manifestaciones psíquicas corren el riesgo de agravarse«, se lee en la Guía práctica de salud mental en situaciones de desastres, realizada por dicho organismo multilateral.

El costo de ayudar: las pesadillas de los rescatistas

La tragedia también golpea duro a los que ayudan en la primera línea, como médicos, periodistas y rescatistas.

Sancho Camacho fue uno de los rescatistas en la zona del desastre y vivió esa herida en carne propia. Es maestro de obra, pero por esas semanas cambió de oficio. Pasó 13 días continuos sacando escombros y recuperó 11 cuerpos sin vida, algo que cambió por completo su tranquilidad.

«Al principio duré tres días sin dormir. El primer día quería irme a la casa, pero nunca pude; sentía que había gente viva ahí», recuerda Camacho. Con los días, el impacto se volvió más pesado: «Cuando pasaron ocho días, dije: ‘no voy más’. Pero al sacar gente muerta empecé a tener pesadillas. Soñé que había otro terremoto y que yo había quedado atrapado«. A pesar del cansancio, tuvo que volver a su trabajo normal con una idea fija en la mente: «Es fuerte. Mientras uno duerme en su casa tranquilo, hay una persona confinada, sin agua, bajo polvo«.

La psicóloga Mary Sánchez señala que ver de cerca el dolor y la muerte exige que estas personas tengan un espacio para desahogarse.

«Quienes están en la primera línea de acción enfrentan el riesgo del estrés postraumático secundario o la fatiga por compasión. La empatía no debe significar dejarse abrumar por el dolor ajeno al punto de quedar paralizado«, advierte.

Porque sí, para quienes documentan o atienden la tragedia, contar con un apoyo psicológico sostenido es indispensable para delimitar el sufrimiento del otro de la realidad personal y poder hacer catarsis.

«No podemos psicopatologizar el dolor. Sentirse triste, angustiado o con miedo después de una catástrofe es una respuesta esperable. El problema aparece cuando esos síntomas persisten y la persona deja de poder relacionarse, dormir, trabajar o encontrar sentido a seguir adelante«.

Por eso insiste en que la recuperación no dependerá únicamente de consultas individuales. «Van a hacer falta grupos de apoyo para personas en duelo, para quienes perdieron sus viviendas, para rescatistas, para comunidades enteras. La reconstrucción también es colectiva«.

Organizar la ayuda y no juzgar el dolor

Para Sánchez, ante las constantes llamadas a las líneas de ayuda por personas que sienten miedo, insomnio o mareos (la sensación de que el piso se sigue moviendo), la psicóloga aclara que estas reacciones son completamente normales y naturales después de un terremoto, por lo que no hay que pensar que la gente «está loca«.

Sin embargo, las ganas de ayudar deben organizarse.

La fase de los primeros auxilios psicológicos comunitarios, donde cualquier ciudadano con disposición puede escuchar, cocinar o acompañar para resolver lo inmediato, debe dar paso a una segunda etapa; la de la intervención en crisis.

Esta fase, proyectada para los próximos seis meses, requiere esquemas de psicoterapia breve y objetivos terapéuticos específicos para prevenir el trastorno de estrés postraumático (TEPT) a largo plazo. Iniciativas como las de la Federación de Psicólogos de Venezuela ya avanzan en la formación de profesionales y estudiantes de los últimos semestres para masificar esta atención en refugios y comunidades.

Las guías de la OPS recomiendan que los gobiernos preparen al personal de salud general para dar apoyo psicológico básico y primeros auxilios emocionales.

Para que esta atención funcione bien en centros de acogida y hospitales, el organismo regional de salud sugiere hacer evaluaciones semanales durante los primeros 30 días posteriores al desastre. La idea es registrar los datos ordenadamente, por edad, sexo y tipo de consulta, para saber exactamente qué problemas están apareciendo y dónde se necesita enviar más apoyo.

Solo uniendo la ayuda del gobierno, la guía de los psicólogos y la solidaridad de los mismos vecinos, se podrá iniciar la reconstrucción emocional de La Guaira, una población que ya carga en su memoria histórica la tragedia de 1999 y este sismo representa un reencuentro con el trauma, pero también con la posibilidad del crecimiento postraumático. Se trata de hallar, juntos, la capacidad de resignificar la vida y encontrar un nuevo propósito de reconstrucción, apoyados en el tejido de la resiliencia colectiva, resolviendo un día a la vez.

Por: Agencia