La atención a la salud mental, a la deriva en Venezuela
Liz Rodríguez no podía dormir. Tenía ataques de pánico y alucinaciones. En poco tiempo, su estado empeoró y, en dos meses, intentó suicidarse 38 veces. Su madre, Maribel Angulo, de 65 años, la llevó de emergencia a un hospital de Caracas, donde le dijeron que debía ser hospitalizada, pero no podría ser allí, porque el servicio había sido cerrado.
Logró ingresar a su hija, una ingeniera de 30 años de edad, en otro centro. Un mes después, se comunicaron con Angulo para pedirle que la buscara. Debía salir hasta que se curara de la COVID-19. Pero luego, al regresar, le dijeron que no podían seguir atendiéndola.
Angulo, que percibe una pensión de 15 dólares al mes, llevó a su hija a un doctor privado, cuyas consultas, que cuestan 60 dólares, las ha pagado con donaciones que varias personas ha...



















































