Refugiados se suben a un tatami olímpico con sueños y denuncias
El congoleño Popole Misenga, la afgana Nigara Shaheen y la siria Muna Dahouk se subieron a un tatami olímpico esta semana en los Juegos de Tokio para combatir más allá del judo y en representación de los 82 millones de refugiados del mundo.
Cuando en pocos minutos el judoca congoleño de 29 años Misenga cae en el templo de las artes marciales niponas, su viaje por segunda vez a unos Juegos Olímpicos termina, aunque sabe por su historia que hay mucho por recorrer, reseñó EFE.
Se abrocha fuerte el cinturón negro y todavía con sudor en la frente afirma: “Cuando me dijeron que participaría en un equipo de refugiados, pensé que me tomaban el pelo. La gente piensa que los refugiados no somos nada en la vida, pero aquí damos esperanza a otros refugiados para que tengan sueños”.
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