A dos meses, y aún no hay cifras exactas de cuántos hermanos venezolanos perdieron la vida aquel 24 de junio. Hasta el día de hoy, hay familiares removiendo escombros para recuperar los restos de sus parientes. Solo hay lágrimas y susurros de padres, madres e hijos; cientos de personas llorando a sus seres queridos, desafiando el peligro de permanecer entre estructuras que cedieron, aplastando miles de vidas.
Han transcurrido dos meses del doblete sísmico y seguimos llorando con lágrimas caudalosas que se unen a las aguas de ese gran mar que bordea la Guaira. Un mar que hoy, en silencio, también llora a los hijos a quienes supo escuchar en sus incansables gritos de auxilio; súplicas que otros no oyeron porque no estaban.
Seguiremos siendo testigos del dolor de quienes nos dejaron sus historias de desolación, pero también de la valentía de quienes se atrevieron a levantarse de entre las ruinas. Aquel domingo 24, a las 6:04 de la tarde, un primer temblor de 7.2, seguido a los pocos minutos por otro de 7.4, dividió la tierra y sacudió la zona costera de Catia La Mar, en el estado La Guaira. El costo humano, sanitario y estructural no tiene precedentes en Latinoamérica: el sismo consumió un estado entero, reduciéndolo a un entramado de cabillas quebradas, falsas columnas y paredes de anime que colapsaron.
¿Cuántas vidas se perdieron? ¿Cuántos fallecidos y desaparecidos hay realmente? No lo sabemos. A diario las cifras cambian porque todavía hay manos entre los escombros intentando rescatar cualquier objeto que rememore a sus seres queridos.
El 24 nos dejó un espacio del dolor: el Cementerio La Esperanza, en La Guaira. Allí se adaptaron parcelas marcadas por cruces blancas y códigos de identificación que el sol y las fuertes lluvias ya empiezan a borrar. Esos códigos separan un cuerpo de otro, pero jamás podrán borrar la memoria de sus familiares y de los sobrevivientes de esta tragedia, obligados a sepultar a los suyos de la manera más digna posible ante el colapso de los servicios funerarios y forenses tradicionales.
Aún no hay cifras oficiales, pero sí hay memoria para agradecer a todos los que estuvieron y siguen estando allí. Gracias a los rescatistas, bomberos, funcionarios, voluntarios, periodistas, ciudadanos y mototaxistas que fueron los primeros en llegar, emergiendo frente a una crisis y una ausencia gubernamental que llegó tarde.
Nuestra gratitud se extiende a los países que estuvieron con nosotros y vieron lo que otros ignoraron; a los hombres y mujeres del mundo que voltearon la mirada para tender sus manos. Se fueron impregnados de afecto y bañados por las lágrimas de un pueblo que sabrá agradecerles por siempre el no habernos dejado solos. Y a nuestros hermanos venezolanos en el mundo, quienes se unieron en una sola mano para ayudar a quienes lo perdieron todo y para intentar llenar el vacío de perder a sus familias, sus vecinos y lo poco o mucho que poseían, porque muchos de esos venezolanos ya habían superado la gran vaguada de diciembre 1999.
A dos meses de la tragedia, persiste un drama que sacude la mente de quienes han decidido seguir de pie, aun cuando nadie los ve. Este silencio y esta ausencia también nos dejaron ver de qué estamos hechos los venezolanos: aun con las grietas marcadas en la frente, seguimos adelante. Esta triste historia recordará la larga caravana de carros fúnebres con ataúdes que llevaban hacia La Esperanza los diminutos cuerpos de niños que no pudieron ser identificados porque sus familias también perecieron.
Nos queda el venezolano que se reinventa a diario: el que encontró en los escombros una silla para sentarse a escribir sus sueños; los que de montañas de ropa hicieron cojines; los recicladores de plástico que hoy construyen techos para las carpas; y la curiosa ilusión de los niños que ahora sueñan con ser bomberos, rescatistas, médicos, enfermeras, peloteros, payasos y tantas otras manos que llegaron al auxilio.
Llegaremos a cada sitio que nos propongamos. El mensaje sigue siendo de fe y profunda fortaleza: pronto estaremos de pie, firmes como los tepuyes y altos como el Salto Ángel, resistentes como el Puente Sobre el Lago, sombreados por los grandes sembradíos de café y cacao, por muchos, muchos más Juan Pablo y la bendición de Dios.
Por: Silvia Barboza, periodista

