lunes, septiembre 21

El Alzheimer: La herida del olvido

El Alzheimer es una herida del olvido y el abandono; una cicatriz que no cierra y parece apagarse en el silencio. A menudo se le teme como un ladrón silencioso que se inicia en largos periodos de depresión y desatención familiar, frente a los cuales es vital alzar la voz y defender el derecho a ser atendidos desde la aparición de los primeros síntomas.

Detrás de estas líneas hay una vivencia íntima y cercana. Mi papá era un hombre apuesto, elegante, de caligrafía impecable, siempre bien vestido y de una agudeza intelectual admirable. Batalló contra esa enfermedad que seca los recuerdos, borra los rostros y desvanece las habilidades más elementales del ser humano. A su diagnóstico se sumó un cáncer prostático agudo y una demencia fluctuante que lo atrapaba y lo soltaba. En ocasiones, llegábamos a darle gracias a Dios, porque el propio Alzheimer amortiguaba el dolor insoportable de su paso por el cáncer. Era un paciente excepcional: en las mañanas madrugábamos para llevarlo a las quimioterapias y él se nos presentaba en la sala con su camisa de manga larga y sus zapatos clásicos. No manifestaba rechazo fisiológico; lo único que lograba perturbarlo era la espera, producto de la confusión de la demencia. Todo en él era un riguroso esquema donde nadie se salía de lo planeado.

Sus médicos tratantes nos hacían ver que, para sobrellevar un cáncer tan avanzado, su condición neurodegenerativa obraba como una especie de escudo involuntario frente al sufrimiento físico. No había queja, no había lamentos, no había náuseas; lo único imperativo era llegar puntuales y cumplir con la rutina pautada.

Así sobrellevamos aquella batalla. Falleció años más tarde, con la mente en blanco, pero arropado por el calor de su familia. El Alzheimer nunca le devolvió sus recuerdos, pero él seguía allí. Al final, en medio del desvanecimiento de su memoria, solo guardaba una certeza intacta: el amor de su vida, su esposa, mi madre, Ana.

Ese anclaje al afecto contrasta dolorosamente con el panorama actual. En los últimos años, el impacto de la diáspora ha vaciado los hogares, dejando atrás a una masa silenciosa de adultos mayores que sobreviven en el aislamiento. Hoy cargan con responsabilidades que ya no corresponden a sus edades: crían nietos, asumen rutinas escolares y guían su desarrollo social, mientras sus hijos y afectos más cercanos cruzan fronteras en busca de un mejor porvenir.

En marzo de 2023, integré un equipo multidisciplinario que realizó un censo y visitas sociales en hogares de adultos mayores que asistían a un Centro de Atención en la parroquia Cristo de Aranza, en Maracaibo. Los resultados fueron alarmantes: el 80 % de esos hogares estaban sostenidos únicamente por abuelos de entre 75 y 80 años, inmersos en una pobreza crítica, con viviendas en ruinas, sin alimentos ni medicinas, pero forzados a cuidar de niños y adolescentes casi de su misma edad.

Hoy el panorama sigue siendo el mismo: casas solitarias, mesas sin un plato servido y un adulto mayor anhelando un gesto de atención. Y, sin embargo, persiste una inmensa capacidad de resiliencia, la esperanza de que la familia vuelva a reunirse alrededor de la mesa y la certeza de que el hogar siempre gravitará en torno a la sabiduría de los abuelos.

El Papa Francisco nos recordó en reiteradas ocasiones que un hogar sin abuelos es un hogar sin recuerdos ni memoria. Definió a los ancianos como el eslabón clave que une a las generaciones, aportando un afecto insustituible. Por ello, en el marco del Día Internacional de la Enfermedad del Alzheimer, es imperativo orientar nuestra mirada hacia quienes envejecen padeciendo esta condición, cultivando el servicio y el respeto sagrado hacia ellos.

Se hace urgente que, en Venezuela, y de manera particular en el estado Zulia, se multipliquen las casas de atención y recreación, se eduque a las familias en el manejo del paciente, se garantice asistencia especializada y el Estado asuma un rol verdaderamente vinculante. La Ley de Atención al Adulto Mayor en nuestra entidad no puede seguir siendo un texto de letras muertas frente al desamparo de nuestros abuelos; se requiere también una red de protección efectiva y descanso para el cuidador.

Cierro insistiendo en la conexión ineludible entre la familia, el Estado y una sociedad que a menudo pasa indiferente al lado de un anciano sin siquiera regalarle un saludo. Necesitamos el reencuentro. Necesitamos que los hogares vuelvan a llenarse de vida y que las nuevas generaciones propicien el abrazo con sus raíces. Porque, aunque el Alzheimer borre sus recuerdos, nuestra misión es custodiar su dignidad y convertirnos en su memoria viva, en su álbum de fotos y en su refugio eterno.

Por: Lcda. Silvia Barboza