Maracaibo baila sobre las ruinas del olvido institucional. Mientras los presupuestos públicos ignoran el valor del arte popular, la academia comunitaria demuestra que la identidad de un pueblo no se rinde. En cada barriada, en cada rincón del estado Zulia, la cultura popular late con fuerza propia.
Danzas Rosaleda cumple 38 años de labor ininterrumpida. Más de tres décadas de historia respaldan una trayectoria impecable en la difusión de las danzas nacionalistas. La institución nació de un sueño y hoy representa un bastión ineludible de la zulianidad. Sus bailes proyectan la fuerza del folclore con una disciplina que desafía cualquier diagnóstico de crisis.
Omaira Rodríguez fundó esta institución con una visión clara. Ella no era bailarina, pero le gustaban las danzas nacionalistas. Cuando comenzó en las danzas no tenía ni para el vestuario, y con ingenio y creatividad lograban sus trajes. Omaira entendió que la danza nacionalista no es un simple pasatiempo, sino una herramienta de transformación social y humana, Rodríguez sembró una semilla de identidad en cientos de jóvenes que descubrieron su propósito sobre las tablas. Su liderazgo convirtió un modesto grupo de baile en una escuela de ciudadanos conscientes de sus raíces.
La muerte física de la fundadora dejó un vacío inmenso, pero no se apagó la llama. Omaira Rodríguez ya no imparte instrucciones en los ensayos ni corrige las posturas en el escenario. Sin embargo, su herencia vive en cada zapateo, en cada faldeo y en la mística de trabajo que sembró. La actual directora Maryluz Rodríguez, hermana de la fundadora. Junto a ella, Néstor Viera es el apoyo técnico de las danzas. Los creadores literal y metafóricamente sudan la gota gorda para no dejar morir la tradición.
La autofinanciación sostiene el vestuario y la logística de cada presentación. El encarecimiento convierte cada montaje en una odisea. A pesar del entorno hostil, los trajes lucen impecables y el orgullo zuliano resplandece en cada función. Las autoridades prefieren financiar eventos masivos de entretenimiento comercial antes que subsidiar la formación en las danzas.
El subsidio oficial para las academias independientes desapareció del mapa económico regional. Mantener una escuela de arte sin presupuesto formal constituye una heroicidad que pocos están dispuestos a reconocer. La precariedad económica jamás frena el impacto social de la escuela. Danzas Rosaleda arrebata muchachos a la violencia callejera, a las drogas, a la deserción escolar, al desánimo generalizado. El salón de danzas funciona como un refugio sagrado donde el esfuerzo personal se traduce en aplausos y reconocimientos.
El éxito de esta academia expone la profunda desconexión del Estado. Los aplausos del público en los teatros contrastan con la desidia burocrática que abandona los centros de formación de nuestros jóvenes. Una gestión cultural pública eficiente debería buscar activamente a estos referentes para blindarlos financieramente. En lugar de eso, obliga a gastar valiosas energías humanas en la simple lucha por la sobrevivencia diaria.
Danzas Rosaleda trasciende las fronteras locales con excelencia y orgullo nacional. Danzas Rosaleda ha participado por tres años consecutivos en el Festival de Danzas Ciudad de Maracaibo ocupando los primeros lugares. Estos zulianos han representado a Venezuela en prestigiosos festivales internacionales de danzas, conquistando numerosos premios y reconocimientos que dejan en alto el tricolor nacional. Cada galardón confirma que el talento zuliano brilla con luz propia, incluso sin el respaldo de las instituciones oficiales.
Danzas Rosaleda constituye un referente cultural imprescindible en la geografía zuliana, su nombre es sinónimo de calidad técnica y de respeto por las formas tradicionales de las danzas nacionalistas. Varias generaciones de bailarines se formaron en sus filas, exportando el talento regional al mundo entero.
El Zulia debe su memoria coreográfica a estos creadores independientes. Cada coreografía rescata ritmos, leyendas y tradiciones que de otro modo desaparecerían en el torbellino de la globalización. Ellos custodian el archivo de nuestra identidad.
El legado de Omaira Rodríguez y sus alumnos dicta una lección de dignidad. Danzas Rosaleda demuestra al país que el arte verdadero nace de la necesidad visceral de gritar quiénes somos. Ninguna carencia material tiene la fuerza suficiente para doblegar la voluntad de un colectivo convencido de su misión. Después de 38 años, la academia sigue en pie de lucha, por eso, contra todo pronóstico y frente a la indiferencia, Maracaibo baila sobre las ruinas del olvido institucional.
Por Ángel Montiel

