
Los olores de la infancia dejan una huella permanente en el cerebro y explican el llamado efecto de la ‘magdalena de Proust’, según una investigación del Centro Nacional para la Investigación Científica (CNRS) francés, que identifica por primera vez los mecanismos neuronales responsables de esos recuerdos especialmente intensos y cargados de emoción.
Hay perfumes que, de repente, devuelven a una cocina, a un patio de colegio o a las vacaciones con los abuelos. Esa capacidad de un olor para despertar recuerdos muy antiguos, inmortalizada por Marcel Proust con su magdalena mojada en té en ‘Por el camino de Swann’, el primer volumen de su novela ‘En busca del tiempo perdido’, tiene ahora una explicación científica, indica la nota de EFE,
Según el estudio del CNRS, publicado en la revista ‘Plos Biology’, las experiencias olfativas repetidas y positivas durante la infancia dejan una marca duradera en el cerebro. Décadas después, basta volver a percibir ese mismo aroma para reactivar no solo el recuerdo, sino también las emociones asociadas.
Los investigadores identificaron como protagonistas a un grupo de neuronas del bulbo olfativo, una región cerebral que sigue desarrollándose en los primeros años de vida. Cuando un adulto vuelve a encontrarse con un olor conocido de la infancia, esas neuronas ponen en marcha los circuitos cerebrales relacionados con la memoria y la recompensa.
Con el paso de los años, sin embargo, el recuerdo cambia de soporte. A medida que el cerebro reorganiza sus conexiones, la memoria deja de depender tanto de esas neuronas iniciales y pasa a apoyarse sobre todo en redes vinculadas con las emociones, lo que ayuda a explicar por qué estos recuerdos suelen conservar una intensidad afectiva excepcional.
Para llegar a estas conclusiones, los científicos combinaron un estudio con voluntarios y experimentos con ratones.
Primero preguntaron a las personas por sus recuerdos olfativos más antiguos. Descubrieron que, en la mayoría de los casos, no estaban asociados a un acontecimiento aislado, sino a experiencias agradables repetidas, y a olores que seguían presentes a lo largo de la vida.
Con esa información diseñaron un modelo experimental en ratones. Durante la infancia, los animales fueron expuestos de forma repetida a un olor agradable en un entorno enriquecido y asociado a experiencias positivas. Ya adultos, mostraban una clara preferencia por ese aroma.
Los experimentos permitieron además comprobar que, si los investigadores bloqueaban temporalmente las neuronas implicadas en esa memoria olfativa temprana, los animales dejaban de mostrar esa preferencia, lo que confirma su papel esencial en la formación del recuerdo.
El trabajo también revela que esos recuerdos necesitan mantenerse vivos. En los animales de más edad, la persistencia de la memoria dependía de volver a exponerse periódicamente al olor aprendido durante la infancia, porque, sin esos reencuentros, la huella tendía a debilitarse.
Los autores creen que estos resultados ayudan a entender por qué los olores evocan recuerdos más antiguos y emocionalmente más intensos que los desencadenados por imágenes o sonidos.
Estudios previos ya habían mostrado que la memoria olfativa suele remontarse a la primera década de vida, mientras que los recuerdos provocados por otros estímulos sensoriales suelen situarse más tarde.
La investigación ofrece así una explicación neurocientífica a uno de los ejemplos más célebres de la literatura y refuerza la idea de que el olfato ocupa un lugar singular en la memoria humana, capaz de conservar durante toda la vida el rastro de momentos cotidianos aparentemente insignificantes.
Por: Agencia

