Abelardo De La Espriella ha vuelto a hablar. Le dicen “El Tigre”. Su rugido retumba en el escenario político colombiano y se filtra con fuerza en Venezuela. Muchos venezolanos lo oyen atentos, otros, aunque muy pocos, temen el eco de su mensaje.
El abogado colombiano, candidato del movimiento Defensores de la Patria, se ha erigido como un fenómeno de opinión que trasciende las fronteras geográficas para instalarse en el debate doméstico venezolano. Su reciente victoria en la primera vuelta de las elecciones presidenciales de Colombia no hacen más que confirmar el peso específico de su propuesta en el electorado, un triunfo que resuena con fuerza inusitada en nuestro país.
El Tigre no conoce de paños tibios, pues sus declaraciones desnudan la realidad que vivimos a diario al señalar la crisis y apuntar directamente a los responsables, sin eufemismos. Su postura ha dado un giro decisivo al brindar un apoyo irrestricto a María Corina Machado, a quien reconoce como la figura que encarna la firmeza que el país reclama. El venezolano, agotado por la crisis interminable, encuentra en esta alianza y en las palabras de De La Espriella esa garra que ha faltado en nuestros sectores opositores. Esta identificación no surge de la nada, es el resultado de una desesperanza acumulada que busca en el exterior lo que siente que ha dejado de existir en el ámbito político interno.
La repercusión es inmediata, ya que sus seguidores lo ven como un defensor necesario y sus críticos como un peligro, profundizando una fractura que se ha vuelto nuestra realidad cotidiana. Esta división, lejos de ser un ejercicio democrático de contraste de ideas, nos golpea precisamente en el momento en el que la unidad debería ser nuestra única salida. Cuando el discurso se convierte en un campo de batalla de calificativos, perdemos de vista el objetivo clave, la reconstrucción de una institucionalidad hoy desdibujada.
Resulta fundamental notar el impacto de su figura en la comunidad emigrante. Los numerosos ciudadanos colombianos residentes en el Zulia y el resto de Venezuela, que cuentan con posibilidades de ejercer el derecho al voto, se inclinan mayoritariamente por la propuesta de De La Espriella, consolidando un bloque de apoyo que trasciende el territorio colombiano y será determinante en el balotaje del próximo 21 de junio, fecha en la que finalmente cambie el rumbo de la nación vecina.
El fenómeno de De La Espriella actúa como un espejo que refleja nuestro vacío y nuestra desesperación, mostrándonos a través de un rugido ajeno, cuánto nos falta todavía para retomar las riendas de nuestro propio destino. No se trata solo de su capacidad de retórica, sino de nuestra propia orfandad política. Cada vez que el candidato colombiano toma los micrófonos o las redes sociales para cuestionar la gestión actual o la estrategia opositora, ocupa un espacio que el liderazgo venezolano ha dejado vacío por omisión o incapacidad.
A lo largo de estas décadas de crisis hemos sido testigos de múltiples intentos de encontrar la hoja de ruta. Sin embargo, la persistencia de los problemas de fondo ha generado una fatiga social que prefiere el impacto del discurso a la profundidad del análisis. Es allí donde el estilo contundente de “El Tigre” cala hondo, convirtiéndose en el eco de las frustraciones que el ciudadano promedio no logra canalizar por los conductos tradicionales. La fascinación por su discurso no es meramente electoral, es el síntoma de una sociedad que reclama firmeza ante la tragedia.
Al final, la resonancia de “El Tigre” en Venezuela nos deja una lección dolorosa, el hecho de que muchos compatriotas necesiten esperar el zarpazo de una voz extranjera para escuchar lo que nosotros callamos, y confirma nuestra mayor tragedia, hemos dejado de rugir por nosotros mismos.
Por: Ángel Montiel
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