
Entre escombros y vehículos calcinados, los vecinos de la localidad del sur de Israel de Dimona, conocida por su proximidad a la principal instalación nuclear del país, tratan de rescatar lo que queda de sus hogares tras el impacto directo este sábado de un misil iraní, que dejó decenas de heridos y una estela de destrucción en la zona.
«Sonaron las sirenas y fuimos a la habitación de seguridad, mi esposa y yo. Entonces escuchamos una gran explosión, escuchamos todos los cristales estallar a nuestro alrededor (…) y permanecimos más de 20 minutos atrapados», cuenta a EFE Emanuel Benjamin, de 74 años.
De su casa, que construyó con sus propias manos hace 33 años, solo queda un armazón: una estructura desnuda salpicada de libros destrozados en el que lo único que permanece intacto es un reloj verde de pared.
Las sirenas antiaéreas no dejaron de sonar en el sur del país durante la jornada del sábado. Según datos del Ejército israelí, Irán disparó más de una decena de andanadas de misiles solo a esa zona. La alerta de las 19.07, hora local, (17.07 GMT) fue la que precedió al impacto de un proyectil de una sola ojiva con una carga explosiva de cerca de media tonelada.
Apenas un par de horas después, un segundo misil de estas características alcanzó la ciudad vecina de Arad, a tan solo 30 kilómetros. Ambos incidentes dejaron más de un centenar de heridos, de los cuales alrededor de una docena permanece en estado grave, entre ellos varios niños menores de diez años.
Un difícil rescate
La magnitud de los daños, pese a no haber causado víctimas mortales, convierte estos episodios en dos de los más graves registrados por impactos de misiles iraníes desde el inicio de la actual ofensiva de Israel y EEUU contra el país persa el pasado 28 de febrero.
La mayoría de los heridos se concentraron en el segundo impacto, el de Arad, que afectó a un bloque de viviendas en un barrio de mayoría judía ortodoxa, lo que, sumado a la complejidad del terreno, dificultó las labores de rescate.
«Tuvimos que usar perros, drones y otros equipos especializados para llevar a cabo las búsquedas. Además, estamos hablando (de un escenario) de clima lluvioso y lodo, además de que la falta de luz incrementa la complejidad de las operaciones», explica en Arad a EFE el teniente de la Policía israelí, Dean Elsdunne.
En estas tareas participan cientos de efectivos, entre paramédicos, bomberos, policías y soldados, junto a miles de voluntarios, muchos de ellos todavía adolescentes, que ayudan a despejar las zonas afectadas y asistir a los damnificados.
«Todavía no podemos acceder a algunas casas por riesgo de derrumbe, así que seguimos revisando los edificios afectados en busca de posibles víctimas», dice a EFE Tamar, una voluntaria de 18 años.
Un futuro incierto
La joven reconoce que, pese a haber acudido a otros escenarios similares en Tel Aviv y Beit Shemesh, cada intervención le resulta abrumadora. «Llegas y todo es caótico, hay gente buscando a sus familias e intentas ayudar como puedes… Pero te preguntas quién eres tú para hacer este trabajo, cómo puede depender esta gente de chicos como nosotros», reflexiona.
Sin embargo, explica Tamar con frustración, en los escenarios más mediáticos las visitas de autoridades dificultan a veces las labores sobre el terreno. Mientras habla, a escasa distancia, efectivos de seguridad levantan barreras para limitar la visibilidad durante una visita del primer ministro, Benjamin Netanyahu.
Tras el subsiguiente paso del mandatario por Dimona, el perímetro vuelve a abrirse y los vecinos retoman la tarea de rescatar pertenencias de entre los restos del que hasta ayer era su bloque de viviendas. A pocos metros del cráter, de unos dos metros de diámetro, se han instalado puestos improvisados de comida para los afectados.
Junto a ellos, una mujer ofrece agua a su padre, un joven cuelga una bandera israelí de un poste de metal calcinado y una pareja se abraza en silencio.
El futuro es incierto para los cientos de vecinos que serán reubicados temporalmente en hoteles sin saber cuándo podrán regresar a sus hogares, pero en el ambiente se mezcla la resignación con algunas sonrisas cansadas.
«¡Suerte! ¡Que lo próximo que fotografiéis sea más bonito!», grita desde la distancia una mujer al ver las cámaras de EFE.
Por: EFE

